El final (Parte 17)

Los compañeros de María Gabriela le dieron la dirección de un pueblo para refugiarse, le dieron el nombre de una familia que la ayudaría. Ésta familia le daría la ubicación de una casa abandonada hace muchos años en el medio del campo. Todo un grupo de tareas del ejército la estaba buscando, María Gabriela cargó resuelta un auto con algunas cosas y huyó para siempre de la Capital. Manejó durante horas hasta un pueblo silencioso de la provincia llamado Constancia. Allí pasaría los últimos tres años en la más cerrada soledad salvo por sus animales y el monte. Nada le hizo pensar en dejar aquella vida, salvo la noche del 23 de abril de 1981.
Los álamos se pronunciaron altos y clamorosos, las nubes cubrieron todo el cielo así como un manto de mortaja se encima al rostro conocido. Las vacas movieron su cuello desconfiadas, las tranqueras se abrieron solas, quizás el viento. El caserón antiguo donde vive hace tres años María Gabriela, está unido con adobe, entonces los años hicieron que tanto en las paredes exteriores como en los techos se levantasen verdes manzanillas, cardos, yuyos y una orgullosa palam palam a los costados de una ventana. La casa se revuelve con su vegetación, las ranas, los teros, los grillos callan, los perros expectantes también se esconden. Los hombres presienten también pero nunca saben lo que deben hacer ante el presentimiento, se mueven entonces por la vida como cualquier otro día. Comenzó a hacerse de noche pero la luna no apareció.
Los primeros que llegaron fueron los pensamientos oscuros, aquellas imágenes que aparecen de algún lugar y no sabemos de dónde. Solo sabemos que no las debemos ver. Luego se hicieron presentes los desaparecidos, entonces todos los perros aullaron desde todos los rincones.
María Gabriela estaba cepillándose el pelo frente a un espejo ovalado que aún conservaba la casa, su marco de madera amohecida tenía grandes detalles que la distraían de vez en cuando. Algo la hacía dejar de pestañar y de apoco la iba apagando adormecida, retrayéndola, un placer en suspenderse por un tiempo. El primer aullido de los perros fue potente y cercano, ese perro le trajo otra vez su atención a la realidad, al espejo, a su cabellera negra y su cepillo. Los vidrios de la ventana que aun se conservaban en la casa temblaron fuertemente. María Gabriela abandonó el cepillo entre sus muslos y miró por ellas la llegada súbita del crepúsculo, el inicio de la noche más importante de su vida.
¿Por qué el aullido de los perros? oírlos llorar o ladrar era un cosa natural, pero ese novedoso sentimiento de dolor le detenía la respiración, como la agitación de los álamos y los vidrios. Sintió como un espanto iba abriéndose secreto desde el pecho. Tuvo la imagen de una rata ahogándose. Cuando ella era niña, Clara las atrapaba con una trampa de jaula y las ahogaba en un tacho.
No podía entender lo que le pasaba, solo intuía en su corazón que debía huir de su casa cuanto antes. Alguien estaba viniendo a visitarla, algo había llegado ¿Quiénes o cuantos? sigilosos quejidos comenzaron a reproducirse con las maderas viejas de la casa. El viento, pensó racional María Gabriela para calmar a sus manos inquietas. Pero luego los muebles chillaron, hablaban entre sí con su idioma de madera así como los perros aullaban desde afuera.
El día terminó por irse completamente y comenzó a llover. María Gabriela se inclinó hacia el vidrio de una de las ventanas y lo tocó con sus dedos, como tratando de calmarlo, funcionó. La casa se calmó aunque la lluvia seguía furiosa comenzando a anegar todos los caminos. Dentro de una hora, pensó, ya no se podría salir de aquel lugar, debía irse y debía hacerlo en ese momento ¿Pero irse a donde? ¿Por qué? Que voces amigas o propias la hacían pensar por primera vez en abandonar su casa, su refugio. Con que excusa subiría al auto para bajar los kilómetros que la llevan al pueblo. Pensó en tranquilizarse, pensó en prepararse una pequeña cena e irse a acostar temprano. Nunca pudo, estaba inmovilizada frente al ventanal, sabía que la presencia había llegado y la esperaba fuera de la habitación, quizás en la cocina. Expectante María Gabriela se sienta otra vez frente al espejo ovalado. Solo una vez le ocurrió algo así, cuando era niña. Lo reconoce como cuando podemos reconocer también una voz antigua, un olor, un gesto, María Gabriela reconoció un espanto. Aquella vez cuando era niña la mano de una sombra la despertó sobre una noche, notó que en un rincón estaba Clara como siempre, dormía sentada en una silla con su mano en un rosario. La sombra de pie tenía el rostro de una mujer con el pelo tan negro como el suyo, los perros sonaban discordantes como ahora, la casa vibraba, la sombra de la mujer caminó hasta el ventanal y miró por él, segundos después todo enmudeció, como si tuviese alguna autoridad sobre el mundo de los vivos. María Gabriela niña le preguntó quién era, la sombra no contestó, se quedó de pie entre las cortinas hasta el amanecer.
Aquello no era una brujería de la casa, aquel recuerdo ocurrió hace ya 20 años en la casa de Rafael Zicavo.
Ahora esta casa semidestruida es su refugio ya hace más de tres años. María Gabriela no sabía que aquel pueblo llamado Constancia era el pueblo donde vivieron sus verdaderos padres. Ella no sabía que aquella casa desvencijada que ahora la refugia es la casa de su madre. Ella no sabía que la sombra que la visitó en su niñez, la sombra que ahora ha llegado precisa, es su madre.
María Gabriela no sabía nada de esto sino hasta que abrió la puerta de su habitación y enfrentó la visita.

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