La llamada (Parte 16)

La imagen es horrible, cuando la muerte viene por nosotros y encuentra que ya estamos muertos, mirándola expectantes, con los ojos nublados de un frío latente, que como la estrella del sur intenta dar un mensaje y no lo recuerda, solo sabe que tiene uno por dar. Arrojado en un rincón, sobre su cabeza, una pared avejentada revela con mala caligrafía: “El ángel de piedra nos protege, somos sus preferidos, él me protege”.
La muerte parece leerlo como si le importase de alguna forma el corazón de su víctima. Es una alta mujer silenciosa, de pelo negro suelto, tiene el aspecto de su madre cuando Borghi era niño, no se engaña. La muerte toma el aspecto que le da su víctima y ha de ser por eso que él cree conocerla, en cambio la muerte realmente lo conoce, todas esas cosas parecen importarle y permanece algunos segundos observándolas y devorándolas.
Se propuso ponerse de pie pero fracasó. Le pidió ayuda y ella aceptó, de esa manera una fuerza olvidada regresó y en un segundo intento pudo sostenerse en sus verdaderas piernas de espíritu ¿Cuánto tiempo sin hacerlo? Una vez de pie vio su cuerpo arrojado en el suelo, como una envoltura sana pero sin sentido. Nunca pensó que podía haber tanta sangre en su interior, era demasiada y los rodeaba junto con el cuerpo tendido en el piso “¿Quizás, detrás de la ventana esté ella?” pensó una vez más, solo una vez más pensó en lo único que ha amado en el mundo.
La tristeza reclama una vida prestada y la tierra reclama un cuerpo prestado, la contemplación de un cuerpo inútil, un asesinado asediado por paredes frías que le recuerdan: escapar a la muerte es el infierno de aquel lugar y entonces Borghi se deja llevar livianamente
Las personas con que hablamos en los sueños existen, aparecen en torno nuestro cuando el cuerpo se muere. Como los que se acercan a ver la víctima de un tren, nos rodean meneando sus cabezas con gestos de repulsión, otros se tapan la cara y se abren dando paso a la muerte, como si esta trajera un diagnostico que pudiera contrarrestar al de su sola presencia.
Sus oídos ya no son los que escuchan, sus manos se dejan caer y se va. Aun Borghi estaba allí y la sangre continuaba rodando por su piel dormida.
Devoró hasta el principio de sus dedos y comenzó a lanzarse en furiosas gotas hacia el suelo, donde siguió y siguió comiendo un poco más. Salía por su hombro como si tuviera esa intención, como si una madre desesperada la estuviera llamando desde abajo.Tritura y digiere aquella vida como si vivieramos sobre un gran estomago, una gran sanguijuela negra.
Dos médicos furiosos entran donde las cuatro paredes para salvarlo y Borghi los ve de pie junto a su cuerpo, indiferente a todos los movimientos que se hacen sobre el.
Al parecer unas llamadas nerviosas en el teléfono. Unos gritos, unas amenazas, unas ordenes cruzadas.
Al parecer se enteraron en ese lugar que el que estaba tirado en esa habitación era el hijo de Alberto Aceval.
Al parecer también el terrateniente siempre supo que su hijo pródigo Elias Aceval era Mauricio Borghi.
La llamada de ese hombre, que no era otro mas que uno de los mayores colaboradores del gobierno y la llamada luego del mismo presidente le terminaron devolviendo la vida a Borghi. Como si su padre (ese ser omnipotente que tanto odiaba) tuviese realmente poder sobre la muerte y sobre la vida.


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