Esta historia comienza un poco antes de los sangrientos acontecimientos del 1955. El terrateniente Don Martin Iraola Aceval (Padre de Alberto Aceval) se vio desbordado por una huelga en varias de sus estancias de la Provincia de Buenos Aires. Todas fueron controladas por las fuerzas locales de policía, todas menos la formidable estancia Villa Hayes. Esa estancia al sur de la provincia había respondido con una violencia aun mayor asesinando a su capataz con silenciosas veinte puñaladas.
Así lo cuentan los cronistas: "Las condiciones de vida y trabajo en las estancias de Martín Iraola eran conocidas como las más duras de aquellas épocas. El pago a los peones era muchas veces en “vales” los cuales eran tomados por un valor inferior en los comerciantes locales. Los peones vivían en las mismas estancias donde trabajaban de 12 a 16 horas diarias. Durmiendo en tarimas de maderas tipo estantes. Los patrones les proveían poca comida, la cual los peones eran obligados a pagar al capataz. Los depósitos donde descansaban los peones eran cerrados desde afuera para evitar huidas y el único día de descanso eran los domingos".
La primera idea que tuvo Martin Iraola para resolver el conflicto fue la tradicional. Golpear duramente y amenazar con sangre y fuego a aquellos peones que alborotaban a los demás.
Como no dio resultado, tuvo luego la idea de expulsar de la estancia violentamente a todos sus trabajadores, respaldado por el ejercito nacional y bajo el recurso de la propiedad privada.
Durante la semana comenzaron a llegar a la estancia Villa Hayes los nuevos peones que Martín Iraola había tenido la precaución de traer desde su otra estancia en la Provincia de Corrientes.
A los pocos meses la policía local junto a Martín Iraola comenzaron a ver e identificar a algunos de los agitadores expulsados dando vueltas por los alrededores de la estancia. Ya era tarde, los correntinos recién llegados se unieron también a la huelga. El segundo plan de Martin Iraola también había fracasado.
Dicen que para algunas personas el caos no es un pozo de caída sino más bien una escalera de subida. Ese es el caso del hijo bastardo del terrateniente, el joven Alberto Aceval que con sus 18 años recién cumplidos suplicó a su padre hacerse cargo de aquel problema. Martín Iraola después de algunas negativas terminó accediendo.
El joven Alberto suspendió sus estudios en la capital y viajó inmediatamente al pueblo de Constancia. A la estancia Villa Hayes donde meses más tarde resolvería finalmente el conflicto en la masacre más terrible que se haya registrado en el lugar.
Algunos que vivieron en aquel momento recuerdan que la pólvora y la sangre, el odio y el hambre deambulaban todos los días por las calles de Constancia. El río Leteo nunca se lo ha visto más caudaloso que en aquel entonces.
Como no dio resultado, tuvo luego la idea de expulsar de la estancia violentamente a todos sus trabajadores, respaldado por el ejercito nacional y bajo el recurso de la propiedad privada.
Durante la semana comenzaron a llegar a la estancia Villa Hayes los nuevos peones que Martín Iraola había tenido la precaución de traer desde su otra estancia en la Provincia de Corrientes.
A los pocos meses la policía local junto a Martín Iraola comenzaron a ver e identificar a algunos de los agitadores expulsados dando vueltas por los alrededores de la estancia. Ya era tarde, los correntinos recién llegados se unieron también a la huelga. El segundo plan de Martin Iraola también había fracasado.
Dicen que para algunas personas el caos no es un pozo de caída sino más bien una escalera de subida. Ese es el caso del hijo bastardo del terrateniente, el joven Alberto Aceval que con sus 18 años recién cumplidos suplicó a su padre hacerse cargo de aquel problema. Martín Iraola después de algunas negativas terminó accediendo.
El joven Alberto suspendió sus estudios en la capital y viajó inmediatamente al pueblo de Constancia. A la estancia Villa Hayes donde meses más tarde resolvería finalmente el conflicto en la masacre más terrible que se haya registrado en el lugar.
Algunos que vivieron en aquel momento recuerdan que la pólvora y la sangre, el odio y el hambre deambulaban todos los días por las calles de Constancia. El río Leteo nunca se lo ha visto más caudaloso que en aquel entonces.
















