Segundo nombre: Maria Gabriela (Parte 1)

Esta historia comienza un poco antes de los sangrientos acontecimientos del 1955. El terrateniente Don Martin Iraola Aceval (Padre de Alberto Aceval) se vio desbordado por una huelga en varias de sus estancias de la Provincia de Buenos Aires. Todas fueron controladas por las fuerzas locales de policía, todas menos la formidable estancia Villa Hayes. Esa estancia al sur de la provincia había respondido con una violencia aun mayor asesinando a su capataz con silenciosas veinte puñaladas.
Así lo cuentan los cronistas: "Las condiciones de vida y trabajo en las estancias de Martín Iraola eran conocidas como las más duras de aquellas épocas. El pago a los peones era muchas veces en “vales” los cuales eran tomados por un valor inferior en los comerciantes locales. Los peones vivían en las mismas estancias donde trabajaban de 12 a 16 horas diarias. Durmiendo en tarimas de maderas tipo estantes. Los patrones les proveían poca comida, la cual los peones eran obligados a pagar al capataz. Los depósitos donde descansaban los peones eran cerrados desde afuera para evitar huidas y el único día de descanso eran los domingos".
La primera idea que tuvo Martin Iraola para resolver el conflicto fue la tradicional. Golpear duramente y amenazar con sangre y fuego a aquellos peones que alborotaban a los demás.
Como no dio resultado, tuvo luego la idea de expulsar de la estancia violentamente a todos sus trabajadores, respaldado por el ejercito nacional y bajo el recurso de la propiedad privada.
Durante la semana comenzaron a llegar a la estancia Villa Hayes los nuevos peones que Martín Iraola había tenido la precaución de traer desde su otra estancia en la Provincia de Corrientes.
A los pocos meses la policía local junto a Martín Iraola comenzaron a ver e identificar a algunos de los agitadores expulsados dando vueltas por los alrededores de la estancia. Ya era tarde, los correntinos recién llegados se unieron también a la huelga. El segundo plan de Martin Iraola también había fracasado.
Dicen que para algunas personas el caos no es un pozo de caída sino más bien una escalera de subida. Ese es el caso del hijo bastardo del terrateniente, el joven Alberto Aceval que con sus 18 años recién cumplidos suplicó a su padre hacerse cargo de aquel problema. Martín Iraola después de algunas negativas terminó accediendo.
El joven Alberto suspendió sus estudios en la capital y viajó inmediatamente al pueblo de Constancia. A la estancia Villa Hayes donde meses más tarde resolvería finalmente el conflicto en la masacre más terrible que se haya registrado en el lugar.
Algunos que vivieron en aquel momento recuerdan que la pólvora y la sangre, el odio y el hambre deambulaban todos los días por las calles de Constancia. El río Leteo nunca se lo ha visto más caudaloso que en aquel entonces.


Venganza (Parte 2)

Cuando niños María Guadalupe y Gabriel eran los mejores amigos, aunque ella tenía diez años y el ocho, se parecían mucho y no se podrían imaginar en sus andanzas el uno sin el otro. Unos pies descalzos exhumando la tierra del río Leteo o espantando sin saberlo una mariposa de la noche. Entretejían con sus pasos toda la cabellera del monte en la antigua Constancia. 
Al regresar a sus casas María Guadalupe siempre soportaba estoicamente los varillazos de su madre, pero Gabriel en cambio, era más hábil para escurrírsele a la suya. Podía estar corriendo por horas hasta finalmente ser atrapado por esa mata espesa de pelos o bien, -lo que Gabriel buscaba- a veces el olvido ganaba sorprendentemente el enojo de su madre.
María Guadalupe era la varonera de sus tres hermanas y no se juntaba jamás con ellas ni con ninguna otra niña, no confiaba en las mujeres, la aburrían, le parecían tontas. Nadie sabía muy bien eso. Por eso nunca entendieron aquella vez en que le regaló un jazmín a Gabriel. Todos en el pueblo de Constancia se enternecían de aquella amistad y no se podían resistir a burlarse de ellos. Es que no llegaban a sospechar siquiera la incontenible ira de María Guadalupe, Gabriel la imitaba después y los ataques de furia los alcanzaba resueltos al ataque de puños y patadas cuando los tildaban de novios. Llegaron muchas veces a planear contra los ofensores unas venganzas terribles que nunca se hicieron.
En el pueblo de Constancia, en aquel 1955 no se hablaba otra cosa que de la revuelta en la estancia Villa Hayes. El padre de Gabriel murió en uno de esos levantamientos que se hicieron en la estancia, su muerte fue encubierta necesariamente por los huelguistas, pues temían que todo el pueblo se desmigara en la desesperanza y que el nuevo capataz festejara quizás su mejor victoria. Ay, si supieran lo que sucedería de aquello.
Al día siguiente Gabriel debió salir a trabajar en lugar de su padre y al volver a la noche fue su madre la que ya no estaba. Los hombres de Don Alberto Aceval la habían secuestrado horas antes. Las mujeres lloraban y los hombres del Constancia escupían indignación. Se juraban una venganza que como las de María Guadalupe y Gabriel, nunca se podrían.
Se dice que a la madre de Gabriel la mataron en tortura semanas después y que nunca le creyeron de su marido muerto, tampoco de que su hijo Gabriel los vengaría.


Sangre y rabia (Parte 3)

Gabriel fue a lo de Atalaya, el mejor amigo de su padre, casualmente un montón de chicos de su edad estaban adentrándose también en el monte, siempre un niño servía de guía para otro. Ya eran una docena, desgarbados, harapientos y con una sonrisa más blanca que la luna. Eran los hijos de los peones recientemente fusilados.
Atalaya desde la intimidad del monte de acacias, estuvo planificando y cometiendo terribles emboscadas sobre Villa Hayes cuando se cerraba la noche. Sus hombres eran algunos de los primeros peones desterrados por Don Martín Iraola, también se sumaron algunos de esos hombres y mujeres correntinos, que lograron sobrevivir cuando el ejercito desalojó la estancia. Los últimos en adentrarse son algunos niños y adolescentes huérfanos que llegaron por esa superstición que lo hombres llaman justicia, entre ellos estaba Gabriel.
María Guadalupe también perdió a sus padres meses después por causas ajenas al levantamiento de la estancia, sus otras dos hermanas estaban ya casadas y huyeron con sus maridos a la ciudad. La casa quedó solo para ella y estuvo muy feliz por ello aunque luego sospechó que podía morir de hambre, la sospecha se hizo cada vez mas cierta con el correr de los días y en un atardecer creyó que a la mañana siguiente iba finalmente a morir.
Aquella misma noche algunos de los huelguistas (Entre los que se encontraba Gabriel) habían entrado en la estancia Villa Hayes y tuvieron la osadía de incendiar varias casas y un granero. Esto se sumaba al robo constante de animales en las semanas anteriores. Fue el movimiento esperado, la excusa necesaria para que el nuevo capataz Alberto Aceval, tomara el caos reinante y comenzara a subir por él a sangre y a rabia.
La policía local y muchos hombres de la estancia Villa Hayes irrumpieron en su casa por la noche, la requisa consistió en romper todo, en gritar y arrastrar de los pelos a María Guadalupe, no se encontró nada, se habían equivocado de casa, luego la violaron. Uno de aquellos hombres sintió lastima por María Guadalupe y le preguntó su nombre mientras terminaba de cerrarse el pantalón, nunca lo supo, ella no emitió ningún sonido pues así le enseñó su padre... aunque quizás, ya estaba media muerta. De todas maneras el hombre le dejó algo de dinero que había tomado en la requisa de otra casa y se fue, se perdió con el grito de otras detenciones y tiros de fusil.
En aquel año Alberto Aceval se había convertido en el hombre mas poderoso del sur de la provincia. Su enemigo, un antiguo peón de la estancia de su padre al que todos llamaban El Atalaya, se convirtió para todos en el señor del monte. Decían que transformaba a los niños en grandes hombres con el simple ritual de regalarles la venganza. Luego también cuentan que quizás les decía un secreto, Que quizás también les hablaba de un tal Alberto Aceval, el mismo enemigo al que acechaban en emboscadas nocturnas y donde pocos volvían.


Antiguo espejo ovalado (Parte 4)

María Guadalupe despertó y ese dinero se mantenía aun en su mano, con él compró mucha comida, tanta comida que rió entre tarascón y tarascón como si nada hubiera pasado, como si aquel infierno no hubiese alcanzado a tocarle. Había aprendido una forma de obtener comida.
Pasaron seis años y los enfrentamientos entre los hombres de Atalaya contra los hombres de Don Alberto Aceval se convirtieron en algo común dentro de la rutina de Constancia. El capataz había aprendido acertadamente que solo se debía atacar a Atalaya dentro del monte de acacias. Don Aceval nunca más se había visto doblegado por una ira sin control, una furia que lo hizo atacar sobre una noche ciega y despiadada al pueblo mismo donde sus enemigos se habían ocultado. Eso fue un error, un error tan caro que le permitió a su enemigo crear una duradera alianza que le proveyó durante seis años de información y suministros, como así también les hizo duplicar el número de sus saboteadores por tres.
Como verán, la huelga ya dejó de ser tal, Nadie ya se acordaba de que se trataba eso ni tampoco lo que una vez se pudo haber exigido. El rencor hizo que los dos bandos se olvidaran de todo eso hace muchos años atrás. Pasó a ser una simple y tradicional guerra en un pueblo ignorado al sur de la Provincia de Buenos Aires.
Ajeno el gobierno nacional a los enfrentamientos que ahí ocurrían y ajeno también Constancia como siempre a los problemas que pudiera tener su país y el mundo entero.
María Guadalupe se siente muy sola, es de lo más normal verla encerrada en ese cuarto que compartió con sus tres hermanas cuando tan solo era una niña bulliciosa, hace mucho tiempo que ahora ella va allí para hacer su trabajo de adulta con sus dieciséis años recién cumplidos.
El cuarto de esa casa la hace tan triste y se mira por entre un antiguo espejo ovalado en un marco de madera. Se relojea desde todas las direcciones, mira sus manos, las pone en alto y las sigue mirando como si el hecho de que le hayan sido prestadas por aquel dios que es muerte y vida se hiciera más evidente en ese momento, les dan unas ganas incontenibles de desvestirse, desnudarse cuanto antes para sí misma, debe ver aquello con que la reconocen sus clientes y palpar también lo que empieza a crecerle por dentro, lo hace lentamente contrario a lo que se devela en cada milímetro de su piel. Entiende por qué en este momento es llamada, entiende lo que su cuerpo le viene a decir con el idioma de las cosas del pasado más determinante, su piel se contrae, parece tensa, cada vez le resulta todo mas ajeno, extraño, palpa el pequeño niño invisible que crece dentro suyo, piensa en Gabriel, sabe por esa intuición natural con la que conviven las mujeres que él está enamorado de ella y también que aquel niño le es suyo.
Ella se sienta nerviosa al borde de su cama en la espera de que la sombra de Gabriel al fin llegue al vano de la puerta, pero aun falta, faltan todavía unas horas para que él abandone descalzo y sigiloso el monte y se adentre por entre las otras sombras del pueblo pequeño en que nació. Esta vez no viene a visitar la ausencia de su familia sino que va en busca de María Guadalupe, la amiga incondicional en sus antiguas aventuras o la mujer silenciosa que ahora le entrega su cuerpo por algo de dinero. Es su trabajo, como el suyo ahora es disparar, saquear y vengar. Por eso él no deja de respetarla, menos de amarla.
A María Guadalupe le gustaba que él la mirara así, simulando un sueño profundo bajo la luz que entraba de la calle, bien podría haberse atado con una cinta el cabello negro para que no ocultara la presencia toda de su palidez, pero ya es muy tarde y podía sentir con sus ojos cerrados que aquella espesa negrura se posaba sobre sus hombros y que Gabriel ya estaba cerrando silencioso la puerta, se acercaba y con un aliento calmo se posaba sobre su cara como un saludo. Entonces ella sonreía.
Como cuando eran niños y se recostaban sobre la hierba, ambos se prometían vivir todas las vidas. Hoy quizás ya solo les quede una de ellas, la que no imaginaron. Así suceden las cosas, como si existiese ese dios juguetón que se empecina en burlarse de todos nuestros planes, en que todo ocurra como nunca se lo han imaginado los hombres, como si la sorpresa (Grata o con los vestidos del desengaño) fuera lo más importante.


Dios (Parte 5)

-¡No seas zonza che!
María Guadalupe tocaba una herida profunda que cruzaba a la altura del omoplato de Gabriel, la abría y la cerraba con una toalla mojada. El estaba enojado con la insistencia, ella era la única que nunca le hacía caso.
-¡Dejame de tocar ahí te dije, carajo!
-¿Te duele?
-No
-¿Estás seguro de que no querés que te ponga palam palam?
-No
-María Guadalupe se levantó hacia la ventana, la abrió con esfuerzo y sacó unas hojas grandes de palam palam, las puso en remojo.
-Qué extraño que estés conmigo esta noche.
-¿Por qué?
-No sé, ahora que sos importante podrías haberte ido con quién quisieras, con alguna del pueblo. Con la Milagros que tanto te gustaba.
-Gabriel no contestó nada, estaba fastidioso con el tono de la conversación, con las hojas de palam palam que comenzaban a ponerle en su herida, con el insistente zumbido de los mosquitos. Sabía que su silencio le fastidiaría a ella también por lo que se ordenó callar y seguir mirando la pared.
-¿Puedo preguntarte una cosa Gabriel?
El siguió sin mirarla
-¿Me desprecias por lo que soy?
-Si te despreciara te mataría.
Se interrumpió, movió la cabeza hacia ella y apartó suavemente la mano que le curaba.
-Soy algo que va matando y sin embargo se que no me tenés miedo, esas cosas solo le importan a cada uno.
-¿Crees que ganaremos la guerra contra los Aceval?
-Te voy a contar un secreto que aprendí hace poco. No hay una guerra, solo somos un montón de pobre gente...que bajo el deseo de algún rico se pone a pelear.
-¿Pero Atalaya?
-Atalaya es uno de los tantos ricos arrepentidos que se rebeló al juego y nos ayuda...
_¿Qué decís?
-El verdadero nombre de Atalaya es Kurt Gustav Wilckens, es un alemán de buena cuna que vino a la Argentina a enseñarnos el anarquismo
_¿El qué?
_No sé, no me importa
_¿Y por qué peleas entonces?
_Por qué es mi deber, lo que pase después se lo dejo a mi Diosito
_¿Y si acaso tu Dios no quisiese que estés en esta guerra?
-No puede ser
-¿Por qué?
-Él me dio un fusil en un sueño y me señaló el camino, me mostró que aunque cumpla o no cumpla mi deber, vos, yo, Aceval, Atalaya, los otros niños fusil y todos aquellos soldados igualmente estaríamos muertos.
Gabriel giró su cuerpo corriendo las hojas que estaban en su espalda. Pasó el brazo fuerte por encima de ella y la atrajo sobre su pecho. Vencida por el peso de su propia felicidad se fue durmiendo.




Atalaya (Parte 6)

Seremos breves y contaremos la vida de Atalaya. Su verdadero nombre es Kurt Wilckens y nació en Brad Bramstedt, Alemania, el 3 de noviembre de 1886. en 1910 viajó a los Estados Unidos por temas de estudios. Aunque su situación económica no lo demandaba buscó y encontró trabajo en una fábrica de conservas de pescado, comenzó con el tiempo a simpatizar con ideas anarquistas y también cambió su dieta a una vegetariana basado en la filosofía de León Tolstoi. Eso le costó la constante burla de sus compañeros de trabajo y la atención vigilante de los dueños de la fabrica. En un descanso tuvo una idea y la compartió con sus compañeros: El pescado que llegaba se seleccionaba atentamente, los mejores trozos los ponían en latas muy lindas, para los almacenes de las poblaciones más pudientes, y los restos se colocaban en envases muy baratos, para los almacenes que están en los barrios de los trabajadores. Wilckens convenció a sus compañeros de fábrica que hicieran al revés. En las latas de lujo ponían los restos y en las baratas el mejor pescado. 
Por supuesto, Kurt Wilckens y sus compañeros fueron descubiertos y los echaron. 
Luego en 1916 se fue al oeste de este país, participó de la huelga general de mineros en Arizona. Fue detenido y deportado a un campo de confinamiento en lo que hoy es Nuevo México, después de muchos intentos de fuga los norteamericanos determinaron meter preso a Wilckens por alemán (ya se había declarado la Primera Guerra Mundial) y lo mandaron a un campo de concentración. Cuando terminó la guerra y después de otros intentos de fuga, lo expulsaron. Regresó a Alemania y renunció a toda la fortuna que le correspondía y se embarcó hacia la Argentina.
En septiembre de 1920 comienza a recorrer el sur del país y ya en Buenos Aires, se conecta con los anarquistas locales. También con vagabundos españoles, italianos y polacos que recorrían a pie el país y, cuando necesitaban dinero para comer, trabajaban en las cosechas. Allí se entera de las pésimas condiciones de trabajo en las estancias de Martin Iraola y contrario a todos los demás se pone en camino hacia un pueblo pequeño llamado Constancia. Pide trabajo en las puertas de la estancia Villa Hayes como mecánico y como jardinero, pero es rechazado tres veces por el capataz. Comienza (como dicen en la zona) a galguear por el lugar hasta que tuvo su oportunidad en diciembre de ese mismo año, cuando el auto que traía al mismo Martin Iraola se queda encallado en uno de los caminos. La habilidad para resolver la situación y sobre todo aquel acento (entre inglés y alemán) con que hablaba Wilckens fue lo que cautivó al terrateniente. El mismo Iraola es que le pidió a Wilckens trabajar para su estancia e Irónicamente, para lo que después continua en esta historia, también fue él quien en esos días bautiza a Kurt Wilckens con el mote de "Atalaya". Según dicen, el sobrenombre se debió a que en el ir y venir de Iraola por la estancia siempre lo veía a Kurt Wilckens parado en algún lugar del camino. Lo que nunca supo, ni siquiera sospechó, es que aquella primera vez en que su auto se encalló en el barro, fue una trampa hábil que planifico el mismo Wilckens para conseguir trabajo en su estancia. El coche de los Iraola fue como un caballo de madera que permitió ignorante entrar a su peor enemigo por las murallas de Villa Hayes.



El secreto (Parte 7)

Gabriel le había dado el contacto de un prestigioso médico de la ciudad. Era un conocido de Atalaya de apellido Balassanian. Curaba a los hombres que peleaban contra Aceval por una razón que Gabriel nunca adivinó. El sería quien interrumpa el embarazo de María Guadalupe. Ella se lo había pedido. Ella nunca tuvo la fuerza para decirle que era su hijo también.
Apenas la formación termina su recorrido en la terminal de Mar del Plata, Maria Guadalupe resuelve no bajarse del tren y volverse hasta su Constancia. Uno de los guardas comienza a gritar fuerte por el pasillo anunciando que es el fin de recorrido, como una rutina para despertar a algún pasajero dormido. Maria Guadalupe lo toma personal y baja sobresaltada aun con sus pensamientos haciéndole preguntas, se tropieza en un ultimo escalón pero se repone rápidamente. Avanza entre la garúa y se siente observada por todos, se persigue de una burla general hacia ella por su aspecto y su andar de campo.
Las calles de Mar del Plata se intrincaban cada vez más hasta ahogarla sobre una esquina con un nombre que siempre ignora, se marea de verse en pie apenas unas pocas horas de acostarse y caminando entre una ciudad tan angustiante. Luego, ya venciendo la timidez y ese miedo a que descubran su acento del campo, se decide a preguntar. Entonces busca los rostros más bondadosos y les habla de la clínica y su turno a las diez y media, nadie sabe de esa clínica, quizás debería tomar un taxi. Ella trajo todos sus ahorros por si le ocurría una desventura como esta. El taxista comienza a hacer funcionar su memoria pero parece inútil, no conoce ninguna clínica que se llame Nuestra Señora de Guadalupe, pero luego cree recordar, amable es el taxista que la invita a subir de vuelta como a una de esas distinguidas damas de la ciudad.
Una vez en el consultorio el Doctor Balassanian comienza a manosearle el vientre y sus partes más intimas, pero no lo hace como sus clientes, sus manos son frías y rutinarias, la llenan de espanto, de ganas de vomitar, debe ser que salió apurada y sin desayunar, se miente. Jamás se ha sentido peor ni aun cuando uno de los hombres de Aceval la desvirgó con sus trece años.
Cuando el doctor y la enfermera se dan vuelta y comienzan a hablar ella ya se pone de pie, estira su mano prestada y toma su ropa para vestir su cuerpo prestado, sale corriendo, llorando, insultando de ese lugar o quizás lo haga despacio y en silencio como la dama con que hablaba el taxista.
No hay necesidad de sacar al niño de allí dentro. El silencio de su alma le hace intuir que aquella criatura tal vez sea de Gabriel. Pensar eso sería muy arriesgado ¿Cómo saberlo entre tantos clientes, entre esos hombres de Aceval o los de Atalaya que la trataron como un animal? Quizás lo supiera si pudiera oler las manos de aquel niño, allí lo sabría por que las de su padre huelen a acacias cuando la acaricia. Las manos de Gabriel huelen a monte y sus ojos la tratan como una dama. Tendría que esperar a que el niño nazca para descubrirlo. ¿Pero por que hacer eso, como arriesgarse tanto y de que viviría hasta entonces? Gabriel le creería, Gabriel la ayudaría porque ella también lo ama.
Sigilosos se adentran cada vez más en aquel monte de acacias negras, llevan días buscándolos. Son el ejército nacional y vuelven después de seis años al pueblo de Constancia . Ya el gobernador ordenó que trajeran como sea la cabeza de Atalaya. El monte verde se hizo más verde bajo el desgarrador paso de las botas, sabía quizás también que aquello era muy malo porque sus hombres avanzaban confiados entre burlas y risas.
Muchos cayeron bajo las balas del ejército, la mayoría desarmados, algunos peleando, algunos llorando, ninguno huyendo, ya no tendrían donde. Entre ellos estaba Gabriel.


Gabriel habla: (Parte 8)

“En esta noche que es tan mía, nómbrame, llámame, pronúnciame que ya todo lo impregna, juega con el aire usado que una vez dejaste sobre las habitaciones de paredes altas y su espejo ovalado, toma con la caricia de aquella vez el aliento que desarmaste entre los pliegues de unas sabanas, teje, dibuja, une devuelta aquella voz ya rota, rearma los susurros, los ruegos, reanima ese aliento hecho agua que estás dejando sobre el vidrio helado del alto ventanal, como si aquella visión que espera se pudiera empañar también, como si solo tu boca, tu aliento tuviera el valor del llanto y dar señas de su humedad en ese frío vidrio, en las paredes que parecieran siempre rodearte, en la casa toda. Como si todo esto ya lo hubieses adivinado mucho antes. Busca la promesa que una vez guardaste, ese verbo que todo lo impregna, tómalo derramado sobre las almohadas y vuelve a decirlo, pronúncialo otra vez, vuélvelo a la vida aunque todo ya sea inútil. 
Ya estoy muerto Guadalupe, y si bien quise siempre haberte dado un cadáver amortajado y bello como una luna, ahora éste ya está siendo velado por ella, descomponiéndose anónimo junto a los otros peones de la vieja estancia y sus hijos ”.
María Guadalupe lo supo recién al otro día, en todo el pueblo de Constancia no se hablaba de otra cosa ¿Qué harían todos ahora que Atalaya había sido herido y escapaba asediado rumbo al sur? Pese a la prohibición del ejercito ¿Como irían los habitantes de Constancia a buscar los cuerpos de los parientes muertos? el rencor de Don Aceval trascendió la muerte, todos sospechan que sus intenciones inconfesables son las de no permitirles a sus enemigos ni siquiera una santa sepultura.
María Guadalupe sale a buscar a Gabriel:
En aquella noche la usanza cambia y es María Guadalupe la que sale a buscar a Gabriel ¡Todo, todo exhala un lenguaje! Los pliegues del manto negro cubren la luz de un rostro, pasos delicados, el aroma especial de ese monte de acacias y una mano destejiendo suavemente las sombras.
Anda descubriendo tu rostro de mil soles a la pobre ilusionada, en tu mirar serás mil veces aliento de vida para quien corre con pies ligeros a tu encuentro, pero no estás hacia donde crujen las sombras. Hojas que no lo comprenden y presienten sorprendidos como ella. La tez dorada de Guadalupe ilumina a la luna con su desconsuelo, la locura del amor se apodera de sus latidos y tu nombre se ahoga en la boca que se ha hecho para llamarte y se pierde...
Pequeña Guadalupe que desesperas ante la ausencia del más querido. Ya no podrás contarle lo que has decidido hacer con tu secreto ¿Y quién podrá consolarte en esta noche de dolor? si toda esta tierra desgarrada también está velando como una madre a esos hombres y esos niños.


Las Acacias (Parte 9)

Seis meses después María Guadalupe está por dar a luz en la clínica que lleva su nombre, Gabriel no lo sabe, una ráfaga de metal lo atravesó antes de que ella le pudiera contarle lo que había decidido. El dolor del parto era tan terrible como le habían dicho pero ella no emitió una queja jamás, así se lo había enseñado su padre o quizás ya para sus diecisiete años haya sentido todo el dolor. 

Una enfermera limpia su frente afiebrada y luego le trae una niña a sus brazos. Su cara era del color del mármol pero sus ojos se mantenían oscuros y abiertos. Dos extrañas marcas de nacimiento cruzaban sus brazos a la altura de las muñecas, líneas sanguinolentas de un significado desconocido. Antes de desmayarse María Guadalupe toma las manos de la criatura y las pasa por su rostro, ya siente que esa pequeña mano huele a unas acacias húmedas. Ella ya no puede parar de llorar, sus manos como las otras que tanto amaba huelen también al monte de acacias negras que los vio crecer.




El apagón (Parte 10)

Con la niña dormida en sus brazos se despide del doctor Balassanian con una señal, Él la interpreta como una renuncia al trato acordado.
A Guadalupe los pasillos de la clínica se le cierran, como cuando descubrimos profunda la respiración o los constantes latidos del corazón al cubrirnos con fuerza los oídos, los pasos se le hacen audibles y le incomodan mucho, ella siempre anda descalza o con sus alpargatas y ahora escucha solo pasos. Avanza divisando distraídamente los otros consultorios que se abren y cierran, a los pacientes que esperan sentados a que pronuncien sus nombres. Sus pasos realmente hacen un ruido llamativo pues todos la miran al pasar.
La luz de los tubos fluorescentes vacila y amenaza con dejarlos a todos a oscuras. Sus zapatos no le gustan pero son más presentables que sus alpargatas, las incomodidades de ir al médico ya son tantas que se jura María Guadalupe que aunque le haya dado su palabra a Gabriel estas van a ser las ultimas.
La luz eléctrica se corta y todo en la clínica está completamente oscuro, las puertas de los consultorios se abren, la gente se pone de pie o agarran su bolso, a uno de sus niños o a uno de sus padres, la gente siempre teme que la oscuridad les robe algo. El miedo a veces no se equivoca.
Guadalupe camina lento, expectante a todos los comentarios, avanza por los pasillos, ve por las ventanas que el apagón es total en todo Mar del Plata. Un hombre hace un movimiento torpe y le golpea el vientre. Ella se sobresalta y cae contra una pared, el hombre nota que fue una mujer con un bebe en brazos a quien acaba de chocar y se deshace en disculpas, busca su hombro para proponerle ayuda, ella acepta seguir caminando pese a todo y el hombre de la oscuridad la ayuda sin una respuesta hasta la salida.
Una vez afuera un auto avanza por la calle y les alumbra súbitamente la cara, esa refulgencia fugaz los hizo distinguirse atentamente. El hombre era canoso, era un policía uniformado y le pide amablemente que la acompañe. Otra vez Guadalupe prefirió no contestar, los zapatos nuevos de Guadalupe golpeaban torpemente la vereda ¡Malditos zapatos! Sabía que le traerían desgracia. Estaba llena de miedo y su panza se le puso dura como una roca. Llegando a la esquina otro policía estaba esperándolos al costado de un auto, también era canoso. María se sube con su bebe sin preguntar nada. Lo presentía todo.




El milagro (Parte 11)

Luego del parto María Guadalupe fue puesta en manos de la justicia. El doctor Balassanian la denunció de formar parte en la sublevación de Atalaya. Aunque el mismo Balassanian curaba a los niños fusil por grandes sumas de dinero, nadie creyó a María Guadalupe. La cárcel y los interrogatorios terminaron de una vez por todas con su vida desgastada. Aquel día de la separación hizo jurar a Balassanian que respetarían el nombre de su niña. Ella debería llamarse Gabriela como su padre y María como su madre.
Luego del parto María Guadalupe fue puesta en manos de la justicia. El doctor Balassanian la denunció de formar parte en la sublevación de Atalaya. Aunque el mismo Balassanian curaba a los niños fusil por grandes sumas de dinero, nadie creyó a María Guadalupe. La cárcel y los interrogatorios terminaron de una vez por todas con su vida desgastada. Aquel día de la separación hizo jurar a Balassanian que respetarían el nombre de su niña. Ella debería llamarse Gabriela como su padre y María como su madre.
Por supuesto que aquello que juró el doctor Balassanian no lo cumplió, ni se molestó en decirlo a la familia en que dio de venta a la recién nacida. Era un Empresario de la Capital Federal apellidado Zicavo, muy amigo suyo y del que sabía sus serios problemas para dejar embarazada a su esposa. Sin embargo un milagro ocurrió y los nuevos padres decidieron ponerle María Gabriela a aquella niña con manos de acacia.


Rafael Zicavo (Parte 12)

  La encuentran en un pasado bajo la sombra de los altos cipreses. Pintando sobre una tela extremadamente tensa, un jarrón y algunas frutas de un color azulado, azul frío, como la piel de un hombre que sufre frío. Fríos todos sus cuadros, azules como la piel de un muerto. Todos son frutas y jarrones, todos son azules. ¿No sabe acaso que el tiempo le juega con el mismo artilugio y la deja así petrificada en la memoria de Rafael?. Todavía la observa desde su despacho en la avenida Libertador. Ella ya tiene dieciséis años pero aun él recuerda claro la vez que la trajeron desde ese pueblo sublevado llamado Constancia, cubierta con una mantilla rosada y esos nervios de su mujer que lo hacían torpe en mantenerla cómoda entre sus brazos. Su mujer Adelma lo rodeaba siempre con sus pequeños ojos rasgados, entre querer u odiar a la niña, como son de hacer los perros cuando se aparece en la casa un ser desconocido pero amado por su amo.
–María Gabriela
El llamado la incorporó en su lecho, espantando brevemente la oscura cabellera como así los fantasmas de un sueño igual de oscuro.
-Su Padre me ha mandado avisarle que estará en Buenos Aires dentro de unas horas, quizás debiéramos ir al aeropuerto a recibirlo.
Clara, la criada de gestos siempre preocupados cierra la puerta mansamente, como si fuera de ceniza.
La noticia de Clara habría podido también quitarla del otro mundo si tan solo se hubiese quedado algunos segundos más en el vano de s
Tantas noches sentada distante contra la esquina de la habitación. cuando María Gabriela era más niña, Clara la cuidaba de sus sueños. Ella tenía que hacerlo porque la esposa del empresario jamás lo haría y quien sabe lo que sucedería de la niña sin la protección del santo rosario. Solo una noche silenciosa Adelma se apareció en la habitación sin notar la estupefacta presencia de Clara en uno de los rincones. Tan solo se detuvo al borde de la cama para contemplar el rostro dormido de María Gabriela, ni siquiera se animó a tocarla o arroparla, jamás lo hizo en los once años que aquella niña vivió en esa casa y la llamó madre. Adelma luego se fue en aquella primera y última vez, avanzando torpe contra los muebles como tantas veces la habían visto dominada por el alcohol.
Lo inesperado haya sido que la bamboleante Adelma iba herida de muerte y que nadie lo supo sino a la mañana siguiente. Todo aconteció tan solo unos instantes entumeciendo el alma de aquella invisible en la oscuridad de su rincón.
Clara nunca sintió culpa por no haberla socorrido aquella noche. Nadie podría sentir culpa de temer a aquella mujer, tantos años así, caprichosa y alcohólica ya solo servía para pelear con la servidumbre. Nadie supo aquella noche quien le había dado siete puñaladas a su vientre. Dijeron luego que se las había descargado ella misma, quizás fuera cierto. El tiempo le había labrado distinto que a su esposo la pena mutua y sus palabras fueron siendo cada vez más ásperas, cínicas y groseras hacia todos, hasta con el mismo Rafael, ya con todos se había vuelto así de intratable, de insoportable presencia, con todos menos con Clara y María Gabriela. Ese parecía ser otro mundo para ella al que no se atrevía jamás a profanar. Clara descifraba que Adelma temía secretamente a María Gabriela y eso la ponía muy triste, pues pensaba también que aquello afectaba profundamente a la niña, que la perturbaba de alguna forma en sus sueños y que era el culpable de su carácter extremadamente introvertido. Pero en realidad lo que de alguna forma atormentaba a María Gabriela no eran las indiferencias de este mundo, sino las atenciones del otro, no era esta madre profana sino más bien esa otra que llaman pasado.
En aquella mañana María Gabriela se chocó con la noticia cuando ya estaba con el uniforme del colegio y lista para irse. Ya había olvidado la voz susurrante de Clara la noche anterior. Su padre había llegado a Buenos Aires y no tendría por qué ir al colegio. El empresario quería disfrutar todo un día con su familia allá por las lagunas de Lobos, en su estancia “Las Acacias”. Así la había bautizado aquella vez en que conoció a María Gabriela, así juraba que olían sus manos cuando era recién nacida, aunque en ese entonces nadie más que él y Clara podían sentirlo.
María Gabriela había llevado sus nuevos colores, diferentes tonos de azules en pomos nuevos y paños vírgenes. Su padre había mandado construir una cabaña solo para que ella pudiera guardar allí sus pinturas. Solo aquellas más hermosas al mal gusto de su padre regresaban a la casa de la ciudad. Solo las más nítidas entre ese montón de manchas azules sin forma.
El empresario Rafael Zicavo y Clara estaban recostados muy cerca en unas reposeras de madera oscura, tan solo mirando silenciosos los movimientos que María Gabriela hacía sobre los bastidores. Clara tenía unas ganas incontenibles de hablar pero se las reprimía para no incomodar.En cambio el Almirante disfrutaba extasiado de aquel silencio aunque a intervalos miraba de reojo a su nodriza y le hacía algún que otro comentario solo para hacerla sentir cómoda.
Las chicharras crecían furiosas en su alarma, anunciando que en ese día el sol embestiría con todo su esplendor en la chatura de aquel paisaje de Pampas. Esta vez María Gabriela tomaría unas frutas y un jarrón. La piel mármol fue destiñendo, borroneando de a poco aquellas marcas de nacimiento que cruzaban sus muñecas, hoy ya solo florecían en invisibilidad como las cosas del pasado que no desean ser oídas. 

Con trazos delicados como jamás lo había hecho, comenzaba a delinear las frutas, se mantenía concentrada, rígida, con unas flores de manzanilla enhebradas en el pelo. La delgada cintura de la presencia se le zafó una vez más a Rafael. Jamás pudo comprender a María Gabriela, como si aquella niña no le fuese permitida como hija. Ni a él ni a nadie. Ella parecía autosuficiente como un dios. Silenciosa. Con intenciones secretas. En cambio a Clara se le presentaba distinta, como la pobre niña, frágil, tímida, alejada siempre de las caricias familiares y de los juegos normales de todos los niños. Lo que no se sabía jamás era lo que pensaba María Gabriela de aquellos dos. Jamás alguien pudiera suponer el odio oculto que se hizo tan fértil en el silencio y los años. El odio como una de las formas en que presiente la piel de sus sueños. La incontrolable presencia de lo otro, aquello que María Gabriela visita en las noches y susurra sobre los días.
u cama, solo unos momentos más de firme vigilia, de segura vigilia, el escape pasajero de volver a un cuerpo, al otro, al que es oasis de piadosos olvidos e ilusiones. Pero al irse Clara así, como ha entrado, con manos y sombras, pasos sutiles que se pierden como en el otro lado, con su nombre en el aire entre suave e imperioso, susurro de una boca y unas manos que fueron contratadas para cuidarlo, cuidar de ese nombre siempre y solo por que el empresario Rafael Zicavo se lo había pedido una noche de feroz tormenta, como la que ahora se presiente en el aire. Pero Clara la dejaba ahora dormir perturbada otra vez, desconociendo de aquel otro mundo al que la regresaba, de aquel mundo que la convulsionaba y la movía intranquila como jamás la realidad pudo hacerle a su cuerpo de día. Su cuerpo de noche ya era muy distinto a ese diurno que todos veían imperturbable en su timidez. La palidez refulgente que tomaba la piel de María Gabriela no era para nada de este mundo y a Clara sorprendían habitualmente los ojos negros que la recibían, como así la autoridad de esa cabellera suelta entre unas sábanas blancas.





Clara (Parte 13)

Solo una vez creyó verlo Clara, mientras la ayudaba a vestirse en la casa de Buenos Aires. Por fin alcanzó a ver ese odio como un destello sobre los oscuros ojos de la niña. Clara sintió entonces la necesidad de decírselo. Calmar la tempestuosa marea de su espíritu que siempre luchaba en esas oscuras cavilaciones, este día lo había logrado ver en aquel espíritu que siempre se esconde entre una niebla de indiferencia y timidez, entonces quiso darle una esperanza sobre la vida, descubrir la verdad en el rostro de María Gabriela, por piedad la verdad de su pasado se hizo presente como suelen hacerlo los aparecidos. Clara habló.
“Usted no es hija de esta familia, no, usted llegó del monte en una mantilla rosada y en un perfume de hierro y acacias.”
“-Jamás sienta odio María Gabriela por el rechazo de esta gente, no son sus padres… a ellos no los conocemos… atiéndame niña, alguna vez yo pude escuchar una conversación donde nombraban a sus verdaderos padres en su nombre. María y Gabriel ”
Del arrepentimiento y la confesión, Clara solo recibe el silencio de la niña. Se retraen otra vez las dos mujeres a sus tareas habituales para ser la única ocasión en que se haya hablado del tema.
Clara también creyó decirle aquella vez: “no los odie mi niña, no me odie”.
Ella nació y fue arrebatada, fue vendida a una familia que no sabía su nombre y por consiguiente decidió ponerle uno. De los muchos nombres con que amenazaron llamar a la criatura, María Gabriela terminó siendo el que acabó de arrebatarle la última página de su antigua vida como Magdalena.
Criada en las exigencias anodinas de la riqueza, María Gabriela comprendió la procesión diaria de las hormigas y el circular despliegue de las moscas, también sentenció como cíclico e interminable el juego humano de ilusionarse mutuamente y de trabajar duro para ocultar la realidad más significativa: la peligrosa fragilidad de las cosas, la muerte de todos, la muerte de todo.
Al poco tiempo de haber aprendido a caminar y hablar fue enviada a un jardín de infantes, caminó una y otra vez de su casa a la escuela, con su criada y a la misma hora y de la misma manera que las otras niñas de su edad. María Gabriela creció entre silencios y despertares monótonos, amistades crueles y desengaños terribles. Supo también de esa destreza que poseen los murciélagos. Su tiempo fue distinto a medida que aumentaban las libertades que acompañaban su crecimiento, trabajó de noche, aprendió a volar por esas horas, se sumergió en vidas como algunos lo hacen en un océano, invocó nombres, tocó ausencias. Miró sus manos y las imaginó en su padre, llenó su pecho de aire como alguna vez lo hizo su madre y lloró como alguna vez lo hicieron ellos. Rechazó la carne y sus placeres pero en cambio se entregó desenfrenadamente a la carne muerta y sagrada de los libros, exhumó los bulbos de las palabras. Labró con sus largos silencios la prodigiosa templanza hasta que en un descuido fatal nombró a sus padres en voz alta, como Clara aquella vez se lo había enseñado. Entonces esa madrugada tocaron a su ventana unos antiguos espíritus, la llamaron con diferentes nombres y por algún prodigio de la noche, María Gabriela comenzó a entenderlo todo... Ya era hora de empezar a actuar.
-- (Ella les pregunta) ¿Pero cómo llegar entonces, como llegar hasta donde habita el consuelo de tantas vidas?
-- Sopla sobre las paredes de esta terrible cárcel el idioma antiguo de los que liberan.
-- ¿Y donde podré conseguir eso?
-- En la lengua de los profetas, en el aliento de los santos.
-- ¿Y en que libros los encuentro?
-- En muchos y en ninguno, la lengua viva de los profetas está allá afuera.
Entonces la madrugada que bien la conoce la ve partir de esa casa para siempre.



Reencuentro (Parte 14)

   María Gabriela había conocido a Mauricio Borghi en febrero de 1971. Ella había entrado a trabajar en la Editorial Perfil quince años después que él, lo que le permitió a Borghi acercarse de forma protectora y guía en aquella inmensidad. Fue él quien la acercó también a las primeras asambleas abiertas y reuniones clandestinas del sindicato. Es él quien la hizo socializar casi a la fuerza con sus amigos del barrio y la organización política en la que militaba, con las teorías marxistas y con la sombra imponente de un líder en exilio que llamaban Perón. María Gabriela nunca había hablado ni tampoco había escuchado de esa política actual, ni en su casa ni en su escuela. Le importaba realmente muy poco todo eso, sin embargo estaba fascinada entonces en la pasión que movía a su nuevo amigo y compañero de trabajo. Es que Mauricio Borghi se movía sin dudas por la vida como los dioses y los locos. Estaba hipnotizada en escucharlo hablar sobre su lucha y concepción de la economía, de la religión, del hombre, de la vida. Estaba en fin atada irremediablemente con un lazo, que le quitaba a veces las razones para vivir cuando no lo acompañaba en alguna de sus reuniones o en algún que otro trabajo social en los barrios. Sin resistencia, ella se dejaba arrastrar. Secretamente él era un maestro para ella y ella era una maestra para él. En cambio para todos los demás, lo de ellos era ya casi como un matrimonio de toda la vida.
A Mauricio Borghi la joven recién llegada le parecía un misterio, nadie pudo sonsacarle donde vivía, ni tampoco algo de su familia. Lo que si todos notaban (por su manera de hablar y de moverse por los pasillos de la editorial) era que María Gabriela venia de una alta sociedad. Entró a la redacción de la revista "Weekend" y de la revista "Siete días" como traductora. Manejaba el inglés y el alemán como si fueran sus lenguas de nacimiento a pesar de contar tan solo con dieciocho años. Manuel en ese entonces ya tenía 38 años y realmente tuvo el único amor de su vida cuando dejaba su niñez. Nunca más le quitó su atención otra mujer, hasta este momento. María Gabriela también comenzó a obsesionarlo secretamente.
Una vez Mauricio Borghi cometió la negligencia de contarle un gran secreto suyo, solo para que ella se viera obligada a hacer lo mismo. Su plan dio resultado.
- A vos no te hace falta trabajar acá- Le dijo - vos venís de una familia de guita. Se nota. ¿No digas nada pero yo también me escapé de mi casa, sabés, y entré a trabajar acá ya hace más de quince años.
María Gabriela lo mira a Borghi con un gesto de negación, pero su mirada era de un espanto completamente desvestido y lo estaba aceptando todo.
- Llegaste al lugar correcto María. Mis viejos también eran de guita, mucha guita. Yo me escapé y me escondí en estas oficinas donde me tienen todo el tiempo viajando, recorriendo todo el país... Sudamérica, Europa y así, a cualquiera que quiera encontrarme se le va hacer muy difícil.
- No me escapé de la casa de mis padres. No eran mis padres, ellos me compraron cuando era un bebé. Solo se eso... eso y que los nombres de mis verdaderos padres eran María y Gabriel.
- ¡Como tu nombre! ¿Es tu nombre verdad?
- Si, busque trabajo en los diarios por que tengo la esperanza de que acá pueda encontrar alguna información sobre ellos.
- Yo te voy a ayudar María, yo ye voy a ayudar a encontrarlos.
Pero luego todo se complicó, rápido y caótico como cuando descubrimos que estamos dentro de una pesadilla. María Gabriela comenzó a verlo cada vez menos a Mauricio Borghi, el comenzó a apartarla de la militancia que los unía habitualmente fuera del trabajo. Ella no sabía el por qué, pero veía en Borghi a un maestro, un bienqueriente que la protegía en silencio.
Al principio supo que había sido un intento de secuestro o un robo a un empresario muy importante. Luego supo por desgracia que Borghi y sus compañeros habían intentado secuestrar a su padre Rafael Zicavo, a la salida de su casa en Avenida del Libertador. Algo había salido mal. Hubo muchos indicios para sospechar de que los estaban esperando.
Todos los compañeros que siguieron a Mauricio Borghi murieron esa tarde, de Borghi se pensó lo mismo por muchos meses hasta que se supo al fin que él todavía estaba vivo. El grupo de tareas que les jugó esa contraemboscada se lo había llevado herido en un hombro.


Nombres (Parte 15)

Los golpes eléctricos sacudían su cuerpo hinchado y sediento, su hombro herido era el principio de aquel cauce espantoso que contraía y destrozaba sus nervios y su corazón. Tantos días así y esa radio a todo volumen comenzaba a gritar un gol todavía anónimo, creyó que estaba muriendo. Abandonaba ya su cuerpo mutilado, torturado ya hace tantos días y el mundo inconcebible había creado tanto dolor y a la vez elbálsamo a todos ellos. El mismo mundo que creó las picanas, las inyecciones, las radios, el fútbol, la sed, la oscuridad y la luz que hiere había creado también a María Gabriela, solo su imagen bastaba para sentir la inutilidad de los tormentos. ¡Ay si ella lo viera! Si pudiera saber cuánto ha sufrido por ella, cuanta humillación le ha tocado soportar por su nombre. Su nombre lo era todo para Borghi aunque ella probablemente nunca supo el suyo: Elías Aceval
Nunca dirá el nombre a sus torturadores, ellos no deberían jamás oírlo pues sus bocas lo pedían en sucios insultos. Si no fuera así, tal vez se los susurraría como un niño susurra su secreto ¿qué podrían llegar a hacerle esos demonios infelices a esa mujer de mármol que él conoció? Aquello torturaba más su corazón de solo pensarlo. Pero algo lo llama como una caricia y la ve desde lo alto de un ventanal de vidrios oxidados, ve su imagen caminando, sus pasos se hacen oír en el ruido de la ciudad pero su rostro se pierde. Inmediatamente la ve entre la oscuridad sentada en una banca de la iglesia, extrañamente puede ver su rostro como si estuviera en el altar. A su lado dos ángeles de mármol llevan en sus manos bendiciones. La visión del mármol le produce frío como si ese mineral fuese lo mas muerto del universo. Pero ahora ella está en la editorial donde trabaja, con ese mismo pañuelo blanco en la cabeza que solía usar Magdalena, esa imagen lo impresionó. Luego ella está entre las enormes bobinas de papel que caen desde el techo y todo a su alrededor sigue en la opalescencia como si nunca hubiese salido de la iglesia. Unas aguas avanzan y empiezan a cubrirla ¿Magdalena? Ella levanta su cara y lo mira, Borghi la mira también a los ojos y su corazón se llena de miedo y de tristeza, la ama y le dice María, como si quisiera retenerla, como si esa imagen debiera detenerse y no irse de él en su muerte. María, la llama; pero hay otra que llega y es una mano de adiós sobre el techo de la primera casa. María, de sus labios que agonizan fatalmente emerge un nombre.
"- María, María Gabriela Zicavo--" y ya mueren desconociendo para siempre el mal que han desatado.
El torturador apaga delicadamente la radio y mira a Mauricio Borghi muerto como si hubiera en esa atmósfera un nombre más importante que el de aquel que logra el seis a cero de la Argentina contra Perú. Lo separa de todo, lo recuerda y lo murmura, luego desconecta la luz, abre la puerta y se va.


La llamada (Parte 16)

La imagen es horrible, cuando la muerte viene por nosotros y encuentra que ya estamos muertos, mirándola expectantes, con los ojos nublados de un frío latente, que como la estrella del sur intenta dar un mensaje y no lo recuerda, solo sabe que tiene uno por dar. Arrojado en un rincón, sobre su cabeza, una pared avejentada revela con mala caligrafía: “El ángel de piedra nos protege, somos sus preferidos, él me protege”.
La muerte parece leerlo como si le importase de alguna forma el corazón de su víctima. Es una alta mujer silenciosa, de pelo negro suelto, tiene el aspecto de su madre cuando Borghi era niño, no se engaña. La muerte toma el aspecto que le da su víctima y ha de ser por eso que él cree conocerla, en cambio la muerte realmente lo conoce, todas esas cosas parecen importarle y permanece algunos segundos observándolas y devorándolas.
Se propuso ponerse de pie pero fracasó. Le pidió ayuda y ella aceptó, de esa manera una fuerza olvidada regresó y en un segundo intento pudo sostenerse en sus verdaderas piernas de espíritu ¿Cuánto tiempo sin hacerlo? Una vez de pie vio su cuerpo arrojado en el suelo, como una envoltura sana pero sin sentido. Nunca pensó que podía haber tanta sangre en su interior, era demasiada y los rodeaba junto con el cuerpo tendido en el piso “¿Quizás, detrás de la ventana esté ella?” pensó una vez más, solo una vez más pensó en lo único que ha amado en el mundo.
La tristeza reclama una vida prestada y la tierra reclama un cuerpo prestado, la contemplación de un cuerpo inútil, un asesinado asediado por paredes frías que le recuerdan: escapar a la muerte es el infierno de aquel lugar y entonces Borghi se deja llevar livianamente
Las personas con que hablamos en los sueños existen, aparecen en torno nuestro cuando el cuerpo se muere. Como los que se acercan a ver la víctima de un tren, nos rodean meneando sus cabezas con gestos de repulsión, otros se tapan la cara y se abren dando paso a la muerte, como si esta trajera un diagnostico que pudiera contrarrestar al de su sola presencia.
Sus oídos ya no son los que escuchan, sus manos se dejan caer y se va. Aun Borghi estaba allí y la sangre continuaba rodando por su piel dormida.
Devoró hasta el principio de sus dedos y comenzó a lanzarse en furiosas gotas hacia el suelo, donde siguió y siguió comiendo un poco más. Salía por su hombro como si tuviera esa intención, como si una madre desesperada la estuviera llamando desde abajo.Tritura y digiere aquella vida como si vivieramos sobre un gran estomago, una gran sanguijuela negra.
Dos médicos furiosos entran donde las cuatro paredes para salvarlo y Borghi los ve de pie junto a su cuerpo, indiferente a todos los movimientos que se hacen sobre el.
Al parecer unas llamadas nerviosas en el teléfono. Unos gritos, unas amenazas, unas ordenes cruzadas.
Al parecer se enteraron en ese lugar que el que estaba tirado en esa habitación era el hijo de Alberto Aceval.
Al parecer también el terrateniente siempre supo que su hijo pródigo Elias Aceval era Mauricio Borghi.
La llamada de ese hombre, que no era otro mas que uno de los mayores colaboradores del gobierno y la llamada luego del mismo presidente le terminaron devolviendo la vida a Borghi. Como si su padre (ese ser omnipotente que tanto odiaba) tuviese realmente poder sobre la muerte y sobre la vida.


El final (Parte 17)

Los compañeros de María Gabriela le dieron la dirección de un pueblo para refugiarse, le dieron el nombre de una familia que la ayudaría. Ésta familia le daría la ubicación de una casa abandonada hace muchos años en el medio del campo. Todo un grupo de tareas del ejército la estaba buscando, María Gabriela cargó resuelta un auto con algunas cosas y huyó para siempre de la Capital. Manejó durante horas hasta un pueblo silencioso de la provincia llamado Constancia. Allí pasaría los últimos tres años en la más cerrada soledad salvo por sus animales y el monte. Nada le hizo pensar en dejar aquella vida, salvo la noche del 23 de abril de 1981.
Los álamos se pronunciaron altos y clamorosos, las nubes cubrieron todo el cielo así como un manto de mortaja se encima al rostro conocido. Las vacas movieron su cuello desconfiadas, las tranqueras se abrieron solas, quizás el viento. El caserón antiguo donde vive hace tres años María Gabriela, está unido con adobe, entonces los años hicieron que tanto en las paredes exteriores como en los techos se levantasen verdes manzanillas, cardos, yuyos y una orgullosa palam palam a los costados de una ventana. La casa se revuelve con su vegetación, las ranas, los teros, los grillos callan, los perros expectantes también se esconden. Los hombres presienten también pero nunca saben lo que deben hacer ante el presentimiento, se mueven entonces por la vida como cualquier otro día. Comenzó a hacerse de noche pero la luna no apareció.
Los primeros que llegaron fueron los pensamientos oscuros, aquellas imágenes que aparecen de algún lugar y no sabemos de dónde. Solo sabemos que no las debemos ver. Luego se hicieron presentes los desaparecidos, entonces todos los perros aullaron desde todos los rincones.
María Gabriela estaba cepillándose el pelo frente a un espejo ovalado que aún conservaba la casa, su marco de madera amohecida tenía grandes detalles que la distraían de vez en cuando. Algo la hacía dejar de pestañar y de apoco la iba apagando adormecida, retrayéndola, un placer en suspenderse por un tiempo. El primer aullido de los perros fue potente y cercano, ese perro le trajo otra vez su atención a la realidad, al espejo, a su cabellera negra y su cepillo. Los vidrios de la ventana que aun se conservaban en la casa temblaron fuertemente. María Gabriela abandonó el cepillo entre sus muslos y miró por ellas la llegada súbita del crepúsculo, el inicio de la noche más importante de su vida.
¿Por qué el aullido de los perros? oírlos llorar o ladrar era un cosa natural, pero ese novedoso sentimiento de dolor le detenía la respiración, como la agitación de los álamos y los vidrios. Sintió como un espanto iba abriéndose secreto desde el pecho. Tuvo la imagen de una rata ahogándose. Cuando ella era niña, Clara las atrapaba con una trampa de jaula y las ahogaba en un tacho.
No podía entender lo que le pasaba, solo intuía en su corazón que debía huir de su casa cuanto antes. Alguien estaba viniendo a visitarla, algo había llegado ¿Quiénes o cuantos? sigilosos quejidos comenzaron a reproducirse con las maderas viejas de la casa. El viento, pensó racional María Gabriela para calmar a sus manos inquietas. Pero luego los muebles chillaron, hablaban entre sí con su idioma de madera así como los perros aullaban desde afuera.
El día terminó por irse completamente y comenzó a llover. María Gabriela se inclinó hacia el vidrio de una de las ventanas y lo tocó con sus dedos, como tratando de calmarlo, funcionó. La casa se calmó aunque la lluvia seguía furiosa comenzando a anegar todos los caminos. Dentro de una hora, pensó, ya no se podría salir de aquel lugar, debía irse y debía hacerlo en ese momento ¿Pero irse a donde? ¿Por qué? Que voces amigas o propias la hacían pensar por primera vez en abandonar su casa, su refugio. Con que excusa subiría al auto para bajar los kilómetros que la llevan al pueblo. Pensó en tranquilizarse, pensó en prepararse una pequeña cena e irse a acostar temprano. Nunca pudo, estaba inmovilizada frente al ventanal, sabía que la presencia había llegado y la esperaba fuera de la habitación, quizás en la cocina. Expectante María Gabriela se sienta otra vez frente al espejo ovalado. Solo una vez le ocurrió algo así, cuando era niña. Lo reconoce como cuando podemos reconocer también una voz antigua, un olor, un gesto, María Gabriela reconoció un espanto. Aquella vez cuando era niña la mano de una sombra la despertó sobre una noche, notó que en un rincón estaba Clara como siempre, dormía sentada en una silla con su mano en un rosario. La sombra de pie tenía el rostro de una mujer con el pelo tan negro como el suyo, los perros sonaban discordantes como ahora, la casa vibraba, la sombra de la mujer caminó hasta el ventanal y miró por él, segundos después todo enmudeció, como si tuviese alguna autoridad sobre el mundo de los vivos. María Gabriela niña le preguntó quién era, la sombra no contestó, se quedó de pie entre las cortinas hasta el amanecer.
Aquello no era una brujería de la casa, aquel recuerdo ocurrió hace ya 20 años en la casa de Rafael Zicavo.
Ahora esta casa semidestruida es su refugio ya hace más de tres años. María Gabriela no sabía que aquel pueblo llamado Constancia era el pueblo donde vivieron sus verdaderos padres. Ella no sabía que aquella casa desvencijada que ahora la refugia es la casa de su madre. Ella no sabía que la sombra que la visitó en su niñez, la sombra que ahora ha llegado precisa, es su madre.
María Gabriela no sabía nada de esto sino hasta que abrió la puerta de su habitación y enfrentó la visita.

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