Reencuentro (Parte 14)

   María Gabriela había conocido a Mauricio Borghi en febrero de 1971. Ella había entrado a trabajar en la Editorial Perfil quince años después que él, lo que le permitió a Borghi acercarse de forma protectora y guía en aquella inmensidad. Fue él quien la acercó también a las primeras asambleas abiertas y reuniones clandestinas del sindicato. Es él quien la hizo socializar casi a la fuerza con sus amigos del barrio y la organización política en la que militaba, con las teorías marxistas y con la sombra imponente de un líder en exilio que llamaban Perón. María Gabriela nunca había hablado ni tampoco había escuchado de esa política actual, ni en su casa ni en su escuela. Le importaba realmente muy poco todo eso, sin embargo estaba fascinada entonces en la pasión que movía a su nuevo amigo y compañero de trabajo. Es que Mauricio Borghi se movía sin dudas por la vida como los dioses y los locos. Estaba hipnotizada en escucharlo hablar sobre su lucha y concepción de la economía, de la religión, del hombre, de la vida. Estaba en fin atada irremediablemente con un lazo, que le quitaba a veces las razones para vivir cuando no lo acompañaba en alguna de sus reuniones o en algún que otro trabajo social en los barrios. Sin resistencia, ella se dejaba arrastrar. Secretamente él era un maestro para ella y ella era una maestra para él. En cambio para todos los demás, lo de ellos era ya casi como un matrimonio de toda la vida.
A Mauricio Borghi la joven recién llegada le parecía un misterio, nadie pudo sonsacarle donde vivía, ni tampoco algo de su familia. Lo que si todos notaban (por su manera de hablar y de moverse por los pasillos de la editorial) era que María Gabriela venia de una alta sociedad. Entró a la redacción de la revista "Weekend" y de la revista "Siete días" como traductora. Manejaba el inglés y el alemán como si fueran sus lenguas de nacimiento a pesar de contar tan solo con dieciocho años. Manuel en ese entonces ya tenía 38 años y realmente tuvo el único amor de su vida cuando dejaba su niñez. Nunca más le quitó su atención otra mujer, hasta este momento. María Gabriela también comenzó a obsesionarlo secretamente.
Una vez Mauricio Borghi cometió la negligencia de contarle un gran secreto suyo, solo para que ella se viera obligada a hacer lo mismo. Su plan dio resultado.
- A vos no te hace falta trabajar acá- Le dijo - vos venís de una familia de guita. Se nota. ¿No digas nada pero yo también me escapé de mi casa, sabés, y entré a trabajar acá ya hace más de quince años.
María Gabriela lo mira a Borghi con un gesto de negación, pero su mirada era de un espanto completamente desvestido y lo estaba aceptando todo.
- Llegaste al lugar correcto María. Mis viejos también eran de guita, mucha guita. Yo me escapé y me escondí en estas oficinas donde me tienen todo el tiempo viajando, recorriendo todo el país... Sudamérica, Europa y así, a cualquiera que quiera encontrarme se le va hacer muy difícil.
- No me escapé de la casa de mis padres. No eran mis padres, ellos me compraron cuando era un bebé. Solo se eso... eso y que los nombres de mis verdaderos padres eran María y Gabriel.
- ¡Como tu nombre! ¿Es tu nombre verdad?
- Si, busque trabajo en los diarios por que tengo la esperanza de que acá pueda encontrar alguna información sobre ellos.
- Yo te voy a ayudar María, yo ye voy a ayudar a encontrarlos.
Pero luego todo se complicó, rápido y caótico como cuando descubrimos que estamos dentro de una pesadilla. María Gabriela comenzó a verlo cada vez menos a Mauricio Borghi, el comenzó a apartarla de la militancia que los unía habitualmente fuera del trabajo. Ella no sabía el por qué, pero veía en Borghi a un maestro, un bienqueriente que la protegía en silencio.
Al principio supo que había sido un intento de secuestro o un robo a un empresario muy importante. Luego supo por desgracia que Borghi y sus compañeros habían intentado secuestrar a su padre Rafael Zicavo, a la salida de su casa en Avenida del Libertador. Algo había salido mal. Hubo muchos indicios para sospechar de que los estaban esperando.
Todos los compañeros que siguieron a Mauricio Borghi murieron esa tarde, de Borghi se pensó lo mismo por muchos meses hasta que se supo al fin que él todavía estaba vivo. El grupo de tareas que les jugó esa contraemboscada se lo había llevado herido en un hombro.


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