Solo una vez creyó verlo Clara, mientras la ayudaba a vestirse en la casa de Buenos Aires. Por fin alcanzó a ver ese odio como un destello sobre los oscuros ojos de la niña. Clara sintió entonces la necesidad de decírselo. Calmar la tempestuosa marea de su espíritu que siempre luchaba en esas oscuras cavilaciones, este día lo había logrado ver en aquel espíritu que siempre se esconde entre una niebla de indiferencia y timidez, entonces quiso darle una esperanza sobre la vida, descubrir la verdad en el rostro de María Gabriela, por piedad la verdad de su pasado se hizo presente como suelen hacerlo los aparecidos. Clara habló.
“Usted no es hija de esta familia, no, usted llegó del monte en una mantilla rosada y en un perfume de hierro y acacias.”
“-Jamás sienta odio María Gabriela por el rechazo de esta gente, no son sus padres… a ellos no los conocemos… atiéndame niña, alguna vez yo pude escuchar una conversación donde nombraban a sus verdaderos padres en su nombre. María y Gabriel ”
“-Jamás sienta odio María Gabriela por el rechazo de esta gente, no son sus padres… a ellos no los conocemos… atiéndame niña, alguna vez yo pude escuchar una conversación donde nombraban a sus verdaderos padres en su nombre. María y Gabriel ”
Del arrepentimiento y la confesión, Clara solo recibe el silencio de la niña. Se retraen otra vez las dos mujeres a sus tareas habituales para ser la única ocasión en que se haya hablado del tema.
Clara también creyó decirle aquella vez: “no los odie mi niña, no me odie”.
Clara también creyó decirle aquella vez: “no los odie mi niña, no me odie”.
Ella nació y fue arrebatada, fue vendida a una familia que no sabía su nombre y por consiguiente decidió ponerle uno. De los muchos nombres con que amenazaron llamar a la criatura, María Gabriela terminó siendo el que acabó de arrebatarle la última página de su antigua vida como Magdalena.
Criada en las exigencias anodinas de la riqueza, María Gabriela comprendió la procesión diaria de las hormigas y el circular despliegue de las moscas, también sentenció como cíclico e interminable el juego humano de ilusionarse mutuamente y de trabajar duro para ocultar la realidad más significativa: la peligrosa fragilidad de las cosas, la muerte de todos, la muerte de todo.
Al poco tiempo de haber aprendido a caminar y hablar fue enviada a un jardín de infantes, caminó una y otra vez de su casa a la escuela, con su criada y a la misma hora y de la misma manera que las otras niñas de su edad. María Gabriela creció entre silencios y despertares monótonos, amistades crueles y desengaños terribles. Supo también de esa destreza que poseen los murciélagos. Su tiempo fue distinto a medida que aumentaban las libertades que acompañaban su crecimiento, trabajó de noche, aprendió a volar por esas horas, se sumergió en vidas como algunos lo hacen en un océano, invocó nombres, tocó ausencias. Miró sus manos y las imaginó en su padre, llenó su pecho de aire como alguna vez lo hizo su madre y lloró como alguna vez lo hicieron ellos. Rechazó la carne y sus placeres pero en cambio se entregó desenfrenadamente a la carne muerta y sagrada de los libros, exhumó los bulbos de las palabras. Labró con sus largos silencios la prodigiosa templanza hasta que en un descuido fatal nombró a sus padres en voz alta, como Clara aquella vez se lo había enseñado. Entonces esa madrugada tocaron a su ventana unos antiguos espíritus, la llamaron con diferentes nombres y por algún prodigio de la noche, María Gabriela comenzó a entenderlo todo... Ya era hora de empezar a actuar.
Criada en las exigencias anodinas de la riqueza, María Gabriela comprendió la procesión diaria de las hormigas y el circular despliegue de las moscas, también sentenció como cíclico e interminable el juego humano de ilusionarse mutuamente y de trabajar duro para ocultar la realidad más significativa: la peligrosa fragilidad de las cosas, la muerte de todos, la muerte de todo.
Al poco tiempo de haber aprendido a caminar y hablar fue enviada a un jardín de infantes, caminó una y otra vez de su casa a la escuela, con su criada y a la misma hora y de la misma manera que las otras niñas de su edad. María Gabriela creció entre silencios y despertares monótonos, amistades crueles y desengaños terribles. Supo también de esa destreza que poseen los murciélagos. Su tiempo fue distinto a medida que aumentaban las libertades que acompañaban su crecimiento, trabajó de noche, aprendió a volar por esas horas, se sumergió en vidas como algunos lo hacen en un océano, invocó nombres, tocó ausencias. Miró sus manos y las imaginó en su padre, llenó su pecho de aire como alguna vez lo hizo su madre y lloró como alguna vez lo hicieron ellos. Rechazó la carne y sus placeres pero en cambio se entregó desenfrenadamente a la carne muerta y sagrada de los libros, exhumó los bulbos de las palabras. Labró con sus largos silencios la prodigiosa templanza hasta que en un descuido fatal nombró a sus padres en voz alta, como Clara aquella vez se lo había enseñado. Entonces esa madrugada tocaron a su ventana unos antiguos espíritus, la llamaron con diferentes nombres y por algún prodigio de la noche, María Gabriela comenzó a entenderlo todo... Ya era hora de empezar a actuar.
-- (Ella les pregunta) ¿Pero cómo llegar entonces, como llegar hasta donde habita el consuelo de tantas vidas?
-- Sopla sobre las paredes de esta terrible cárcel el idioma antiguo de los que liberan.
-- ¿Y donde podré conseguir eso?
-- En la lengua de los profetas, en el aliento de los santos.
-- ¿Y en que libros los encuentro?
-- En muchos y en ninguno, la lengua viva de los profetas está allá afuera.
Entonces la madrugada que bien la conoce la ve partir de esa casa para siempre.

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