La encuentran en un pasado bajo la sombra de los altos cipreses. Pintando sobre una tela extremadamente tensa, un jarrón y algunas frutas de un color azulado, azul frío, como la piel de un hombre que sufre frío. Fríos todos sus cuadros, azules como la piel de un muerto. Todos son frutas y jarrones, todos son azules. ¿No sabe acaso que el tiempo le juega con el mismo artilugio y la deja así petrificada en la memoria de Rafael?. Todavía la observa desde su despacho en la avenida Libertador. Ella ya tiene dieciséis años pero aun él recuerda claro la vez que la trajeron desde ese pueblo sublevado llamado Constancia, cubierta con una mantilla rosada y esos nervios de su mujer que lo hacían torpe en mantenerla cómoda entre sus brazos. Su mujer Adelma lo rodeaba siempre con sus pequeños ojos rasgados, entre querer u odiar a la niña, como son de hacer los perros cuando se aparece en la casa un ser desconocido pero amado por su amo.
–María Gabriela
El llamado la incorporó en su lecho, espantando brevemente la oscura cabellera como así los fantasmas de un sueño igual de oscuro.
-Su Padre me ha mandado avisarle que estará en Buenos Aires dentro de unas horas, quizás debiéramos ir al aeropuerto a recibirlo.
-Su Padre me ha mandado avisarle que estará en Buenos Aires dentro de unas horas, quizás debiéramos ir al aeropuerto a recibirlo.
Clara, la criada de gestos siempre preocupados cierra la puerta mansamente, como si fuera de ceniza.
La noticia de Clara habría podido también quitarla del otro mundo si tan solo se hubiese quedado algunos segundos más en el vano de s
Tantas noches sentada distante contra la esquina de la habitación. cuando María Gabriela era más niña, Clara la cuidaba de sus sueños. Ella tenía que hacerlo porque la esposa del empresario jamás lo haría y quien sabe lo que sucedería de la niña sin la protección del santo rosario. Solo una noche silenciosa Adelma se apareció en la habitación sin notar la estupefacta presencia de Clara en uno de los rincones. Tan solo se detuvo al borde de la cama para contemplar el rostro dormido de María Gabriela, ni siquiera se animó a tocarla o arroparla, jamás lo hizo en los once años que aquella niña vivió en esa casa y la llamó madre. Adelma luego se fue en aquella primera y última vez, avanzando torpe contra los muebles como tantas veces la habían visto dominada por el alcohol.
Lo inesperado haya sido que la bamboleante Adelma iba herida de muerte y que nadie lo supo sino a la mañana siguiente. Todo aconteció tan solo unos instantes entumeciendo el alma de aquella invisible en la oscuridad de su rincón.
Clara nunca sintió culpa por no haberla socorrido aquella noche. Nadie podría sentir culpa de temer a aquella mujer, tantos años así, caprichosa y alcohólica ya solo servía para pelear con la servidumbre. Nadie supo aquella noche quien le había dado siete puñaladas a su vientre. Dijeron luego que se las había descargado ella misma, quizás fuera cierto. El tiempo le había labrado distinto que a su esposo la pena mutua y sus palabras fueron siendo cada vez más ásperas, cínicas y groseras hacia todos, hasta con el mismo Rafael, ya con todos se había vuelto así de intratable, de insoportable presencia, con todos menos con Clara y María Gabriela. Ese parecía ser otro mundo para ella al que no se atrevía jamás a profanar. Clara descifraba que Adelma temía secretamente a María Gabriela y eso la ponía muy triste, pues pensaba también que aquello afectaba profundamente a la niña, que la perturbaba de alguna forma en sus sueños y que era el culpable de su carácter extremadamente introvertido. Pero en realidad lo que de alguna forma atormentaba a María Gabriela no eran las indiferencias de este mundo, sino las atenciones del otro, no era esta madre profana sino más bien esa otra que llaman pasado.
En aquella mañana María Gabriela se chocó con la noticia cuando ya estaba con el uniforme del colegio y lista para irse. Ya había olvidado la voz susurrante de Clara la noche anterior. Su padre había llegado a Buenos Aires y no tendría por qué ir al colegio. El empresario quería disfrutar todo un día con su familia allá por las lagunas de Lobos, en su estancia “Las Acacias”. Así la había bautizado aquella vez en que conoció a María Gabriela, así juraba que olían sus manos cuando era recién nacida, aunque en ese entonces nadie más que él y Clara podían sentirlo.
María Gabriela había llevado sus nuevos colores, diferentes tonos de azules en pomos nuevos y paños vírgenes. Su padre había mandado construir una cabaña solo para que ella pudiera guardar allí sus pinturas. Solo aquellas más hermosas al mal gusto de su padre regresaban a la casa de la ciudad. Solo las más nítidas entre ese montón de manchas azules sin forma.
El empresario Rafael Zicavo y Clara estaban recostados muy cerca en unas reposeras de madera oscura, tan solo mirando silenciosos los movimientos que María Gabriela hacía sobre los bastidores. Clara tenía unas ganas incontenibles de hablar pero se las reprimía para no incomodar.En cambio el Almirante disfrutaba extasiado de aquel silencio aunque a intervalos miraba de reojo a su nodriza y le hacía algún que otro comentario solo para hacerla sentir cómoda.
Las chicharras crecían furiosas en su alarma, anunciando que en ese día el sol embestiría con todo su esplendor en la chatura de aquel paisaje de Pampas. Esta vez María Gabriela tomaría unas frutas y un jarrón. La piel mármol fue destiñendo, borroneando de a poco aquellas marcas de nacimiento que cruzaban sus muñecas, hoy ya solo florecían en invisibilidad como las cosas del pasado que no desean ser oídas.
La noticia de Clara habría podido también quitarla del otro mundo si tan solo se hubiese quedado algunos segundos más en el vano de s
Tantas noches sentada distante contra la esquina de la habitación. cuando María Gabriela era más niña, Clara la cuidaba de sus sueños. Ella tenía que hacerlo porque la esposa del empresario jamás lo haría y quien sabe lo que sucedería de la niña sin la protección del santo rosario. Solo una noche silenciosa Adelma se apareció en la habitación sin notar la estupefacta presencia de Clara en uno de los rincones. Tan solo se detuvo al borde de la cama para contemplar el rostro dormido de María Gabriela, ni siquiera se animó a tocarla o arroparla, jamás lo hizo en los once años que aquella niña vivió en esa casa y la llamó madre. Adelma luego se fue en aquella primera y última vez, avanzando torpe contra los muebles como tantas veces la habían visto dominada por el alcohol.
Lo inesperado haya sido que la bamboleante Adelma iba herida de muerte y que nadie lo supo sino a la mañana siguiente. Todo aconteció tan solo unos instantes entumeciendo el alma de aquella invisible en la oscuridad de su rincón.
Clara nunca sintió culpa por no haberla socorrido aquella noche. Nadie podría sentir culpa de temer a aquella mujer, tantos años así, caprichosa y alcohólica ya solo servía para pelear con la servidumbre. Nadie supo aquella noche quien le había dado siete puñaladas a su vientre. Dijeron luego que se las había descargado ella misma, quizás fuera cierto. El tiempo le había labrado distinto que a su esposo la pena mutua y sus palabras fueron siendo cada vez más ásperas, cínicas y groseras hacia todos, hasta con el mismo Rafael, ya con todos se había vuelto así de intratable, de insoportable presencia, con todos menos con Clara y María Gabriela. Ese parecía ser otro mundo para ella al que no se atrevía jamás a profanar. Clara descifraba que Adelma temía secretamente a María Gabriela y eso la ponía muy triste, pues pensaba también que aquello afectaba profundamente a la niña, que la perturbaba de alguna forma en sus sueños y que era el culpable de su carácter extremadamente introvertido. Pero en realidad lo que de alguna forma atormentaba a María Gabriela no eran las indiferencias de este mundo, sino las atenciones del otro, no era esta madre profana sino más bien esa otra que llaman pasado.
En aquella mañana María Gabriela se chocó con la noticia cuando ya estaba con el uniforme del colegio y lista para irse. Ya había olvidado la voz susurrante de Clara la noche anterior. Su padre había llegado a Buenos Aires y no tendría por qué ir al colegio. El empresario quería disfrutar todo un día con su familia allá por las lagunas de Lobos, en su estancia “Las Acacias”. Así la había bautizado aquella vez en que conoció a María Gabriela, así juraba que olían sus manos cuando era recién nacida, aunque en ese entonces nadie más que él y Clara podían sentirlo.
María Gabriela había llevado sus nuevos colores, diferentes tonos de azules en pomos nuevos y paños vírgenes. Su padre había mandado construir una cabaña solo para que ella pudiera guardar allí sus pinturas. Solo aquellas más hermosas al mal gusto de su padre regresaban a la casa de la ciudad. Solo las más nítidas entre ese montón de manchas azules sin forma.
El empresario Rafael Zicavo y Clara estaban recostados muy cerca en unas reposeras de madera oscura, tan solo mirando silenciosos los movimientos que María Gabriela hacía sobre los bastidores. Clara tenía unas ganas incontenibles de hablar pero se las reprimía para no incomodar.En cambio el Almirante disfrutaba extasiado de aquel silencio aunque a intervalos miraba de reojo a su nodriza y le hacía algún que otro comentario solo para hacerla sentir cómoda.
Las chicharras crecían furiosas en su alarma, anunciando que en ese día el sol embestiría con todo su esplendor en la chatura de aquel paisaje de Pampas. Esta vez María Gabriela tomaría unas frutas y un jarrón. La piel mármol fue destiñendo, borroneando de a poco aquellas marcas de nacimiento que cruzaban sus muñecas, hoy ya solo florecían en invisibilidad como las cosas del pasado que no desean ser oídas.
Con trazos delicados como jamás lo había hecho, comenzaba a delinear las frutas, se mantenía concentrada, rígida, con unas flores de manzanilla enhebradas en el pelo. La delgada cintura de la presencia se le zafó una vez más a Rafael. Jamás pudo comprender a María Gabriela, como si aquella niña no le fuese permitida como hija. Ni a él ni a nadie. Ella parecía autosuficiente como un dios. Silenciosa. Con intenciones secretas. En cambio a Clara se le presentaba distinta, como la pobre niña, frágil, tímida, alejada siempre de las caricias familiares y de los juegos normales de todos los niños. Lo que no se sabía jamás era lo que pensaba María Gabriela de aquellos dos. Jamás alguien pudiera suponer el odio oculto que se hizo tan fértil en el silencio y los años. El odio como una de las formas en que presiente la piel de sus sueños. La incontrolable presencia de lo otro, aquello que María Gabriela visita en las noches y susurra sobre los días.

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