Los golpes eléctricos sacudían su cuerpo hinchado y sediento, su hombro herido era el principio de aquel cauce espantoso que contraía y destrozaba sus nervios y su corazón. Tantos días así y esa radio a todo volumen comenzaba a gritar un gol todavía anónimo, creyó que estaba muriendo. Abandonaba ya su cuerpo mutilado, torturado ya hace tantos días y el mundo inconcebible había creado tanto dolor y a la vez elbálsamo a todos ellos. El mismo mundo que creó las picanas, las inyecciones, las radios, el fútbol, la sed, la oscuridad y la luz que hiere había creado también a María Gabriela, solo su imagen bastaba para sentir la inutilidad de los tormentos. ¡Ay si ella lo viera! Si pudiera saber cuánto ha sufrido por ella, cuanta humillación le ha tocado soportar por su nombre. Su nombre lo era todo para Borghi aunque ella probablemente nunca supo el suyo: Elías Aceval
Nunca dirá el nombre a sus torturadores, ellos no deberían jamás oírlo pues sus bocas lo pedían en sucios insultos. Si no fuera así, tal vez se los susurraría como un niño susurra su secreto ¿qué podrían llegar a hacerle esos demonios infelices a esa mujer de mármol que él conoció? Aquello torturaba más su corazón de solo pensarlo. Pero algo lo llama como una caricia y la ve desde lo alto de un ventanal de vidrios oxidados, ve su imagen caminando, sus pasos se hacen oír en el ruido de la ciudad pero su rostro se pierde. Inmediatamente la ve entre la oscuridad sentada en una banca de la iglesia, extrañamente puede ver su rostro como si estuviera en el altar. A su lado dos ángeles de mármol llevan en sus manos bendiciones. La visión del mármol le produce frío como si ese mineral fuese lo mas muerto del universo. Pero ahora ella está en la editorial donde trabaja, con ese mismo pañuelo blanco en la cabeza que solía usar Magdalena, esa imagen lo impresionó. Luego ella está entre las enormes bobinas de papel que caen desde el techo y todo a su alrededor sigue en la opalescencia como si nunca hubiese salido de la iglesia. Unas aguas avanzan y empiezan a cubrirla ¿Magdalena? Ella levanta su cara y lo mira, Borghi la mira también a los ojos y su corazón se llena de miedo y de tristeza, la ama y le dice María, como si quisiera retenerla, como si esa imagen debiera detenerse y no irse de él en su muerte. María, la llama; pero hay otra que llega y es una mano de adiós sobre el techo de la primera casa. María, de sus labios que agonizan fatalmente emerge un nombre.
"- María, María Gabriela Zicavo--" y ya mueren desconociendo para siempre el mal que han desatado.
"- María, María Gabriela Zicavo--" y ya mueren desconociendo para siempre el mal que han desatado.
El torturador apaga delicadamente la radio y mira a Mauricio Borghi muerto como si hubiera en esa atmósfera un nombre más importante que el de aquel que logra el seis a cero de la Argentina contra Perú. Lo separa de todo, lo recuerda y lo murmura, luego desconecta la luz, abre la puerta y se va.

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