Seis meses después María Guadalupe está por dar a luz en la clínica que lleva su nombre, Gabriel no lo sabe, una ráfaga de metal lo atravesó antes de que ella le pudiera contarle lo que había decidido. El dolor del parto era tan terrible como le habían dicho pero ella no emitió una queja jamás, así se lo había enseñado su padre o quizás ya para sus diecisiete años haya sentido todo el dolor.
Una enfermera limpia su frente afiebrada y luego le trae una niña a sus brazos. Su cara era del color del mármol pero sus ojos se mantenían oscuros y abiertos. Dos extrañas marcas de nacimiento cruzaban sus brazos a la altura de las muñecas, líneas sanguinolentas de un significado desconocido. Antes de desmayarse María Guadalupe toma las manos de la criatura y las pasa por su rostro, ya siente que esa pequeña mano huele a unas acacias húmedas. Ella ya no puede parar de llorar, sus manos como las otras que tanto amaba huelen también al monte de acacias negras que los vio crecer.
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