Gabriel habla: (Parte 8)

“En esta noche que es tan mía, nómbrame, llámame, pronúnciame que ya todo lo impregna, juega con el aire usado que una vez dejaste sobre las habitaciones de paredes altas y su espejo ovalado, toma con la caricia de aquella vez el aliento que desarmaste entre los pliegues de unas sabanas, teje, dibuja, une devuelta aquella voz ya rota, rearma los susurros, los ruegos, reanima ese aliento hecho agua que estás dejando sobre el vidrio helado del alto ventanal, como si aquella visión que espera se pudiera empañar también, como si solo tu boca, tu aliento tuviera el valor del llanto y dar señas de su humedad en ese frío vidrio, en las paredes que parecieran siempre rodearte, en la casa toda. Como si todo esto ya lo hubieses adivinado mucho antes. Busca la promesa que una vez guardaste, ese verbo que todo lo impregna, tómalo derramado sobre las almohadas y vuelve a decirlo, pronúncialo otra vez, vuélvelo a la vida aunque todo ya sea inútil. 
Ya estoy muerto Guadalupe, y si bien quise siempre haberte dado un cadáver amortajado y bello como una luna, ahora éste ya está siendo velado por ella, descomponiéndose anónimo junto a los otros peones de la vieja estancia y sus hijos ”.
María Guadalupe lo supo recién al otro día, en todo el pueblo de Constancia no se hablaba de otra cosa ¿Qué harían todos ahora que Atalaya había sido herido y escapaba asediado rumbo al sur? Pese a la prohibición del ejercito ¿Como irían los habitantes de Constancia a buscar los cuerpos de los parientes muertos? el rencor de Don Aceval trascendió la muerte, todos sospechan que sus intenciones inconfesables son las de no permitirles a sus enemigos ni siquiera una santa sepultura.
María Guadalupe sale a buscar a Gabriel:
En aquella noche la usanza cambia y es María Guadalupe la que sale a buscar a Gabriel ¡Todo, todo exhala un lenguaje! Los pliegues del manto negro cubren la luz de un rostro, pasos delicados, el aroma especial de ese monte de acacias y una mano destejiendo suavemente las sombras.
Anda descubriendo tu rostro de mil soles a la pobre ilusionada, en tu mirar serás mil veces aliento de vida para quien corre con pies ligeros a tu encuentro, pero no estás hacia donde crujen las sombras. Hojas que no lo comprenden y presienten sorprendidos como ella. La tez dorada de Guadalupe ilumina a la luna con su desconsuelo, la locura del amor se apodera de sus latidos y tu nombre se ahoga en la boca que se ha hecho para llamarte y se pierde...
Pequeña Guadalupe que desesperas ante la ausencia del más querido. Ya no podrás contarle lo que has decidido hacer con tu secreto ¿Y quién podrá consolarte en esta noche de dolor? si toda esta tierra desgarrada también está velando como una madre a esos hombres y esos niños.


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