Gabriel le había dado el contacto de un prestigioso médico de la ciudad. Era un conocido de Atalaya de apellido Balassanian. Curaba a los hombres que peleaban contra Aceval por una razón que Gabriel nunca adivinó. El sería quien interrumpa el embarazo de María Guadalupe. Ella se lo había pedido. Ella nunca tuvo la fuerza para decirle que era su hijo también.
Apenas la formación termina su recorrido en la terminal de Mar del Plata, Maria Guadalupe resuelve no bajarse del tren y volverse hasta su Constancia. Uno de los guardas comienza a gritar fuerte por el pasillo anunciando que es el fin de recorrido, como una rutina para despertar a algún pasajero dormido. Maria Guadalupe lo toma personal y baja sobresaltada aun con sus pensamientos haciéndole preguntas, se tropieza en un ultimo escalón pero se repone rápidamente. Avanza entre la garúa y se siente observada por todos, se persigue de una burla general hacia ella por su aspecto y su andar de campo.
Las calles de Mar del Plata se intrincaban cada vez más hasta ahogarla sobre una esquina con un nombre que siempre ignora, se marea de verse en pie apenas unas pocas horas de acostarse y caminando entre una ciudad tan angustiante. Luego, ya venciendo la timidez y ese miedo a que descubran su acento del campo, se decide a preguntar. Entonces busca los rostros más bondadosos y les habla de la clínica y su turno a las diez y media, nadie sabe de esa clínica, quizás debería tomar un taxi. Ella trajo todos sus ahorros por si le ocurría una desventura como esta. El taxista comienza a hacer funcionar su memoria pero parece inútil, no conoce ninguna clínica que se llame Nuestra Señora de Guadalupe, pero luego cree recordar, amable es el taxista que la invita a subir de vuelta como a una de esas distinguidas damas de la ciudad.
Una vez en el consultorio el Doctor Balassanian comienza a manosearle el vientre y sus partes más intimas, pero no lo hace como sus clientes, sus manos son frías y rutinarias, la llenan de espanto, de ganas de vomitar, debe ser que salió apurada y sin desayunar, se miente. Jamás se ha sentido peor ni aun cuando uno de los hombres de Aceval la desvirgó con sus trece años.
Una vez en el consultorio el Doctor Balassanian comienza a manosearle el vientre y sus partes más intimas, pero no lo hace como sus clientes, sus manos son frías y rutinarias, la llenan de espanto, de ganas de vomitar, debe ser que salió apurada y sin desayunar, se miente. Jamás se ha sentido peor ni aun cuando uno de los hombres de Aceval la desvirgó con sus trece años.
Cuando el doctor y la enfermera se dan vuelta y comienzan a hablar ella ya se pone de pie, estira su mano prestada y toma su ropa para vestir su cuerpo prestado, sale corriendo, llorando, insultando de ese lugar o quizás lo haga despacio y en silencio como la dama con que hablaba el taxista.
No hay necesidad de sacar al niño de allí dentro. El silencio de su alma le hace intuir que aquella criatura tal vez sea de Gabriel. Pensar eso sería muy arriesgado ¿Cómo saberlo entre tantos clientes, entre esos hombres de Aceval o los de Atalaya que la trataron como un animal? Quizás lo supiera si pudiera oler las manos de aquel niño, allí lo sabría por que las de su padre huelen a acacias cuando la acaricia. Las manos de Gabriel huelen a monte y sus ojos la tratan como una dama. Tendría que esperar a que el niño nazca para descubrirlo. ¿Pero por que hacer eso, como arriesgarse tanto y de que viviría hasta entonces? Gabriel le creería, Gabriel la ayudaría porque ella también lo ama.
No hay necesidad de sacar al niño de allí dentro. El silencio de su alma le hace intuir que aquella criatura tal vez sea de Gabriel. Pensar eso sería muy arriesgado ¿Cómo saberlo entre tantos clientes, entre esos hombres de Aceval o los de Atalaya que la trataron como un animal? Quizás lo supiera si pudiera oler las manos de aquel niño, allí lo sabría por que las de su padre huelen a acacias cuando la acaricia. Las manos de Gabriel huelen a monte y sus ojos la tratan como una dama. Tendría que esperar a que el niño nazca para descubrirlo. ¿Pero por que hacer eso, como arriesgarse tanto y de que viviría hasta entonces? Gabriel le creería, Gabriel la ayudaría porque ella también lo ama.
Sigilosos se adentran cada vez más en aquel monte de acacias negras, llevan días buscándolos. Son el ejército nacional y vuelven después de seis años al pueblo de Constancia . Ya el gobernador ordenó que trajeran como sea la cabeza de Atalaya. El monte verde se hizo más verde bajo el desgarrador paso de las botas, sabía quizás también que aquello era muy malo porque sus hombres avanzaban confiados entre burlas y risas.
Muchos cayeron bajo las balas del ejército, la mayoría desarmados, algunos peleando, algunos llorando, ninguno huyendo, ya no tendrían donde. Entre ellos estaba Gabriel.
Muchos cayeron bajo las balas del ejército, la mayoría desarmados, algunos peleando, algunos llorando, ninguno huyendo, ya no tendrían donde. Entre ellos estaba Gabriel.

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