Con la niña dormida en sus brazos se despide del doctor Balassanian con una señal, Él la interpreta como una renuncia al trato acordado.
A Guadalupe los pasillos de la clínica se le cierran, como cuando descubrimos profunda la respiración o los constantes latidos del corazón al cubrirnos con fuerza los oídos, los pasos se le hacen audibles y le incomodan mucho, ella siempre anda descalza o con sus alpargatas y ahora escucha solo pasos. Avanza divisando distraídamente los otros consultorios que se abren y cierran, a los pacientes que esperan sentados a que pronuncien sus nombres. Sus pasos realmente hacen un ruido llamativo pues todos la miran al pasar.
La luz de los tubos fluorescentes vacila y amenaza con dejarlos a todos a oscuras. Sus zapatos no le gustan pero son más presentables que sus alpargatas, las incomodidades de ir al médico ya son tantas que se jura María Guadalupe que aunque le haya dado su palabra a Gabriel estas van a ser las ultimas.
La luz eléctrica se corta y todo en la clínica está completamente oscuro, las puertas de los consultorios se abren, la gente se pone de pie o agarran su bolso, a uno de sus niños o a uno de sus padres, la gente siempre teme que la oscuridad les robe algo. El miedo a veces no se equivoca.
Guadalupe camina lento, expectante a todos los comentarios, avanza por los pasillos, ve por las ventanas que el apagón es total en todo Mar del Plata. Un hombre hace un movimiento torpe y le golpea el vientre. Ella se sobresalta y cae contra una pared, el hombre nota que fue una mujer con un bebe en brazos a quien acaba de chocar y se deshace en disculpas, busca su hombro para proponerle ayuda, ella acepta seguir caminando pese a todo y el hombre de la oscuridad la ayuda sin una respuesta hasta la salida.
Una vez afuera un auto avanza por la calle y les alumbra súbitamente la cara, esa refulgencia fugaz los hizo distinguirse atentamente. El hombre era canoso, era un policía uniformado y le pide amablemente que la acompañe. Otra vez Guadalupe prefirió no contestar, los zapatos nuevos de Guadalupe golpeaban torpemente la vereda ¡Malditos zapatos! Sabía que le traerían desgracia. Estaba llena de miedo y su panza se le puso dura como una roca. Llegando a la esquina otro policía estaba esperándolos al costado de un auto, también era canoso. María se sube con su bebe sin preguntar nada. Lo presentía todo.
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