-¡No seas zonza che!
María Guadalupe tocaba una herida profunda que cruzaba a la altura del omoplato de Gabriel, la abría y la cerraba con una toalla mojada. El estaba enojado con la insistencia, ella era la única que nunca le hacía caso.
-¡Dejame de tocar ahí te dije, carajo!
-¿Te duele?
-No
-¿Estás seguro de que no querés que te ponga palam palam?
-No
-María Guadalupe se levantó hacia la ventana, la abrió con esfuerzo y sacó unas hojas grandes de palam palam, las puso en remojo.
-Qué extraño que estés conmigo esta noche.
-¿Por qué?
-No sé, ahora que sos importante podrías haberte ido con quién quisieras, con alguna del pueblo. Con la Milagros que tanto te gustaba.
-Gabriel no contestó nada, estaba fastidioso con el tono de la conversación, con las hojas de palam palam que comenzaban a ponerle en su herida, con el insistente zumbido de los mosquitos. Sabía que su silencio le fastidiaría a ella también por lo que se ordenó callar y seguir mirando la pared.
-¿Puedo preguntarte una cosa Gabriel?
El siguió sin mirarla
-¿Me desprecias por lo que soy?
-Si te despreciara te mataría.
Se interrumpió, movió la cabeza hacia ella y apartó suavemente la mano que le curaba.
-Soy algo que va matando y sin embargo se que no me tenés miedo, esas cosas solo le importan a cada uno.
-¿Crees que ganaremos la guerra contra los Aceval?
-Te voy a contar un secreto que aprendí hace poco. No hay una guerra, solo somos un montón de pobre gente...que bajo el deseo de algún rico se pone a pelear.
-¿Pero Atalaya?
-Atalaya es uno de los tantos ricos arrepentidos que se rebeló al juego y nos ayuda...
_¿Qué decís?
-El verdadero nombre de Atalaya es Kurt Gustav Wilckens, es un alemán de buena cuna que vino a la Argentina a enseñarnos el anarquismo
_¿El qué?
_No sé, no me importa
_¿Y por qué peleas entonces?
_Por qué es mi deber, lo que pase después se lo dejo a mi Diosito
_¿Y si acaso tu Dios no quisiese que estés en esta guerra?
-No puede ser
-¿Por qué?
-Él me dio un fusil en un sueño y me señaló el camino, me mostró que aunque cumpla o no cumpla mi deber, vos, yo, Aceval, Atalaya, los otros niños fusil y todos aquellos soldados igualmente estaríamos muertos.
Gabriel giró su cuerpo corriendo las hojas que estaban en su espalda. Pasó el brazo fuerte por encima de ella y la atrajo sobre su pecho. Vencida por el peso de su propia felicidad se fue durmiendo.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario