Antiguo espejo ovalado (Parte 4)

María Guadalupe despertó y ese dinero se mantenía aun en su mano, con él compró mucha comida, tanta comida que rió entre tarascón y tarascón como si nada hubiera pasado, como si aquel infierno no hubiese alcanzado a tocarle. Había aprendido una forma de obtener comida.
Pasaron seis años y los enfrentamientos entre los hombres de Atalaya contra los hombres de Don Alberto Aceval se convirtieron en algo común dentro de la rutina de Constancia. El capataz había aprendido acertadamente que solo se debía atacar a Atalaya dentro del monte de acacias. Don Aceval nunca más se había visto doblegado por una ira sin control, una furia que lo hizo atacar sobre una noche ciega y despiadada al pueblo mismo donde sus enemigos se habían ocultado. Eso fue un error, un error tan caro que le permitió a su enemigo crear una duradera alianza que le proveyó durante seis años de información y suministros, como así también les hizo duplicar el número de sus saboteadores por tres.
Como verán, la huelga ya dejó de ser tal, Nadie ya se acordaba de que se trataba eso ni tampoco lo que una vez se pudo haber exigido. El rencor hizo que los dos bandos se olvidaran de todo eso hace muchos años atrás. Pasó a ser una simple y tradicional guerra en un pueblo ignorado al sur de la Provincia de Buenos Aires.
Ajeno el gobierno nacional a los enfrentamientos que ahí ocurrían y ajeno también Constancia como siempre a los problemas que pudiera tener su país y el mundo entero.
María Guadalupe se siente muy sola, es de lo más normal verla encerrada en ese cuarto que compartió con sus tres hermanas cuando tan solo era una niña bulliciosa, hace mucho tiempo que ahora ella va allí para hacer su trabajo de adulta con sus dieciséis años recién cumplidos.
El cuarto de esa casa la hace tan triste y se mira por entre un antiguo espejo ovalado en un marco de madera. Se relojea desde todas las direcciones, mira sus manos, las pone en alto y las sigue mirando como si el hecho de que le hayan sido prestadas por aquel dios que es muerte y vida se hiciera más evidente en ese momento, les dan unas ganas incontenibles de desvestirse, desnudarse cuanto antes para sí misma, debe ver aquello con que la reconocen sus clientes y palpar también lo que empieza a crecerle por dentro, lo hace lentamente contrario a lo que se devela en cada milímetro de su piel. Entiende por qué en este momento es llamada, entiende lo que su cuerpo le viene a decir con el idioma de las cosas del pasado más determinante, su piel se contrae, parece tensa, cada vez le resulta todo mas ajeno, extraño, palpa el pequeño niño invisible que crece dentro suyo, piensa en Gabriel, sabe por esa intuición natural con la que conviven las mujeres que él está enamorado de ella y también que aquel niño le es suyo.
Ella se sienta nerviosa al borde de su cama en la espera de que la sombra de Gabriel al fin llegue al vano de la puerta, pero aun falta, faltan todavía unas horas para que él abandone descalzo y sigiloso el monte y se adentre por entre las otras sombras del pueblo pequeño en que nació. Esta vez no viene a visitar la ausencia de su familia sino que va en busca de María Guadalupe, la amiga incondicional en sus antiguas aventuras o la mujer silenciosa que ahora le entrega su cuerpo por algo de dinero. Es su trabajo, como el suyo ahora es disparar, saquear y vengar. Por eso él no deja de respetarla, menos de amarla.
A María Guadalupe le gustaba que él la mirara así, simulando un sueño profundo bajo la luz que entraba de la calle, bien podría haberse atado con una cinta el cabello negro para que no ocultara la presencia toda de su palidez, pero ya es muy tarde y podía sentir con sus ojos cerrados que aquella espesa negrura se posaba sobre sus hombros y que Gabriel ya estaba cerrando silencioso la puerta, se acercaba y con un aliento calmo se posaba sobre su cara como un saludo. Entonces ella sonreía.
Como cuando eran niños y se recostaban sobre la hierba, ambos se prometían vivir todas las vidas. Hoy quizás ya solo les quede una de ellas, la que no imaginaron. Así suceden las cosas, como si existiese ese dios juguetón que se empecina en burlarse de todos nuestros planes, en que todo ocurra como nunca se lo han imaginado los hombres, como si la sorpresa (Grata o con los vestidos del desengaño) fuera lo más importante.


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